DEAR MR. WATTERSON

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Definitivamente, la vida de Bill Watterson es digna de estudio. También son dignos de analizar los incontables layers de significado que podemos encontrar en su obra maestra, Calvin & Hobbes. Así que el documental Dear Mr. Watterson tenía todo para ser la oportunidad ideal de adentrarnos a un portal de descubrimiento a una de las leyendas vivas del comic mundial. Peeero…

 

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  • Carta de amor al Salinger de los comics

Sucede que tengo un problema cuando los documentales están demasiado inclinados a ser contados “en primera persona”. Ya saben, esos al estilo Michael Moore o Morgan Spurlock que son narrados con el director in situ, ateniéndose a una cruza entre estructura documental tradicional y gonzoperiodismo.

No tengo nada en contra, entiéndanme, sencillamente a veces me parece un culto al ego que, dependiendo del caso, empaña el núcleo de lo que se está contando.

Por eso, cuando empiezan los primeros minutos de Dear Mr. Watterson y veo que del primer plano de Calvin pasamos a la cara del director de chico, no puedo dejar de sentir que la cosa puede tambalear. Estoy esperando encontrarme con el gran misterio de la vida de Bill Watterson y en cambio Joel Allen Schroeder, el director, está empezando a ofrecerme nociones completamente personales de lo que la tira Calvin & Hobbes significó para él.

La película tiene mucho de eso. Vemos a Schroeder yendo a la ciudad donde vive Watterson y nos asombramos al deducir, si quitamos el monólogo interno del director, que Watterson podía transportar su memoria al papel como nadie. Es decir, los bosques de Cleveland son exactamente iguales a los escenarios donde Calvin jugaba con su tigre de peluche. Luego vemos a Schroeder yendo al museo donde se preservan no solo todas las tiras de Calvin & Hobbes sino que además preservan joyas históricas como, por ejemplo, los gigantescos originales de Little Nemo, de Winsor McCay. Luego vemos a Schroeder hablando con un familiar (suyo) y más tarde lo vemos mostrando su propio cuarto de cuando era chico. Entre estas escenas, vemos inserts de personas totalmente anónimas contando por qué Calvin & Hobbes es importante en sus vidas.

Así que a simple vista estamos asistiendo a un viaje en clase turista de un tipo que no sabe mucho de comics y hace este documental desde lo vivencial y cae en el peligro de que, cuando no está delegando la información a un mero sentido de verdugueo (“miren cómo voy al museo y miro las tiras que ustedes nunca podrán ver” o “miren todas las tiras que coleccioné, oh si, soy un ñoño, ¡deténganme! Pero ey, miren esto que tengo acá, qué lindo que es, ¿no?”), está simplemente aburriendo con sentimentalismos.

 

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  • Let’s go exploring

Igual hay que poner un cartel de precaución. Como dije recién, esto es lo que se ve “a simple vista”. Pronto nos damos cuenta que todo lo vivencial es el preámbulo del documental y la cosa cambia radicalmente de enfoque cuando Schroeder decide contar un aspecto fundamental de la obra de Watterson: su lucha contra la desaparición de las tiras. O mejor dicho, su lucha por hacer tiras mejores.

Y acá es cuando entran los caricaturistas, los dibujantes y los editores y la cosa se subvierte. Acá es cuando nos enteramos que Watterson era una especie de punk silente, siempre desafiando las reglas y rebelándose contra la maquinaria de hacer dinero. Sabemos que Watterson fue muy crítico con sus pares y no dudó en hacérselos saber en aquella famosa conferencia de 1989 a la que llamó El abaratamiento de los comics en donde más de un dinosaurio se levantó ofendido porque venía un veinteañero a decirles cómo tenían que hacer las cosas. Alcanzamos a ver una introducción al lenguaje de los comics y de la mano de muchos dibujantes podemos comprender por qué Watterson, además de tener un sentido del humor muy particular, también era un excelente dibujante siempre buscando la síntesis en su trazo pero también amalgamando esa síntesis con memoria emotiva y narrativa historietística. Vemos solo una punta de la gran crisis en la que están metidos los dibujantes de tiras cómicas (aunque para eso recomiendo el documental Stripped, donde hay una mayor profundización de esa problemática). Vemos que no solo el mercado de comics sino el de las tiras está en permanente peligro y muy pocos pueden salir exonerados.

Y por supuesto, alcanzamos a comprender que Watterson aprovechó una idea tan simple como las aventuras de un nene y su tigre-amigo imaginario para contar toda una oda a la rebeldía y a lo absudro de la existencia.

El documental recae en los vicios del principio pero esta vez estamos hipnotizados y reconocemos que esos seres anónimos del comienzo, los que contaban emocionados detalles y anécdotas sin saber nada de lo que se cocinaba por detrás, son los verdaderos destinatarios de la inmensa obra de Watterson.

Y llega el punto en que el documental se redime por completo y ofrece dos gemas imprescindibles.

La primera es cuando Schroeder trata de responder la pregunta de ¿por qué Watterson no hizo de Calvin & Hobbes una franquicia millonaria?. Claro, ponete a pensar que el tipo tenía todo para volverse un nuevo Charles Schulz o un nuevo Jim Davis. De haber accedido a que sus personajes estuvieran en remeras, gorros y vinchas su fama y su cuenta bancaria sería inimaginable. Y el documental acierta a establecer que es la renuncia a todo eso lo que vuelve a Calvin & Hobbes una tira tan eterna como inviolable. Renunciando a someterse a la picadora capitalista y focalizando en el lenguaje de la historieta pura y dura consigue exactamente lo inverso al olvido: consigue algo universal.

La segunda gran gema es cuando Schroeder deconstruye la última tira publicada de Calvin & Hobbes. La tira de despedida bien podría ser la peor de todas, pero Watterson cierra su labor de 10 años de una manera tremenda, con ese nene lanzándose a la nada con el mismo ímpetu de siempre al grito de “Let’s go exploring!” y que funciona tanto para reconfortar al lector de que el círculo se cierra y recomienza como para que Watterson se reconforte a sí mismo estableciendo una declaración de intenciones de lo que se inicaba a partir del cierre-liberación de su tira. El punto es que en el documental hacen lo posible para que llegues a este tramo y se te haga un nudo en la garganta. Y lo consigue.

Entonces, para cuando el documental termina, la vida de Watterson importa más bien poco. Sí, el tipo abandonó los comics y se recluyó en su ciudad y añadió capas y capas de paranoia y anécdotas grotescas. Si bien los indaga superficialmente, Schroeder no se detiene en esos aspectos. A él no le interesa eso, sino que está más abocado a que termines de ver los créditos de la película y consigas cuanto antes algún libro de Calvin & Hobbes y te sumerjas a explorar como un nene cada una de sus tiras.

Algunos links de interés:

  • Sitio oficial de la película, acá.
  • Análisis muy recomendable acerca de Calvin & Hobbes y la noción de poder, publicado en la revista Jotdown.
  • Biografía más o menos pormenorizada de Bill Watterson, acá.
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