EL CUERPO EN SHINTARO KAGO

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Con este post comienza una serie de pseudoestudios sobre mis tópicos favoritos. La idea es agarrar temas que me gustan leer, ver o escuchar y sobre los cuales me gusta producir y compararlos entre historietistas, directores o artistas en general. Más que nada para tratar de entender mis propias cosas, pero también para tratar de entender por qué me gusta lo que me gusta.

En este caso, ésta es una reseña disfrazada de reflexión que parte sobre la lectura de Reproducción por Mitosis y otras historias, de Shintaro Kago, y se va para el reverendo lado de los tomates, como debe ser.

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TUBOS DE CARNE Y PESTES NARRATIVAS

Mínima introducción para los desprevenidos: hay todo un largo camino de historias en el manga que están enraizadas en la sobre-exposición de la temática de la tortura, la depravación, la escatología, la mutilación y el fetichismo sexual. El ero-guro, amigos y amigas, comprende una suerte de sub-género que tiene como padres el terror y la pornografía y que a simple vista se muestra como la provocación total pero sus autores, entre los que se cuenta a Shintaro Kago como uno de los más prolíficos, tratan de resignificar con distintos resultados.

Esa resignificación parte de diferentes premisas, dependiendo del autor, pero existe un primer común denominador en todos ellos: el cuerpo.

Así, por ejemplo, en la obra de Suehiro Maruo, de rangos estilísticos y temáticos opuestos al de Shintaro Kago, el cuerpo aparece como la entidad que propone un sentido de inicio. El cuerpo al corromperse, al dejar de ser estéticamente normal, es un punto de partida y no un fin en sí mismo. Son los cuerpos que mueren y se descomponen en La sonrisa del Vampiro los que posibilitan que los personajes adopten una moral inversa a la que desarrollaban cuando estaban vivos. En La Oruga es el cuerpo del soldado que vuelve de la guerra sin brazos, sin piernas y mudo lo que significa un viaje inciático de sexo, violencia y servidumbre por parte de la mujer de este ser mutilado.

 

Página de La Oruga, de Suehiro Maruo.

Página de La Oruga, de Suehiro Maruo.

Solo cito dos obras de Maruo, quizá las más populares, porque la intención no es de hablar de él sino de contraponer su estética con la de Kago, donde el cuerpo adquiere otro carácter.

Reproducción por mitosis y otras historias, la obra de la que vamos a hablar y que nos sirve como una punta de la gran madeja que es toda la producción de este japonés, presupone en apariencia lo contrario a Maruo. Ahí donde este último desarrolla un barroquismo estético y una búsqueda simbólica, que como bien apuntan en el prólogo de La Sonrisa del vampiro está asociada con el Grand Guignol, en Kago existe, además, el humor negro y la ironía. En los dos persiste esa fascinación de manifestar sin ningún prurito todo un listado de visceralidades extremas, pero Maruo utiliza esa fascinación como algo quizá secundario (o mejor dicho, algo que los personajes hacen de acuerdo a su situación y su contexto), mientras que Kago utiliza la visceralidad para jugar con una mezcla de opinión sobre el mundo moderno y fantasía trasnochada.

Kago a veces desarrolla sus historias como un sketch de los Monty Python, comienza a contar algo y hay un detalle en ella que hace que la trama se desvíe y la historia sea otra totalmente distinta. En ocasiones vemos in situ que se le ocurrió una nueva idea y la pliega o la superpone sobre la idea inicial. Vemos en estos casos que Kago se está divirtiendo y a veces no importa tanto lo que se muestra sino las consecuencias, casi siempre tan grotescas como graciosas. Incluso a veces no necesita que las historias tengan un remate o un final a todas luces, se sirve únicamente de las diferentes sensaciones que fue desgranando en las páginas anteriores. De hecho a veces una historia se corta en seco y no nos queda otra que agradecer que el festín de carne, sangre, mierda y hemorroides se haya terminado.

Así, aparece el concepto del gag como el motor aparente, en donde hay un comienzo dentro de una familiaridad o cierta noción de realidad que se va rompiendo conforme vamos leyendo y ya pronto caemos en el absurdo o en el extremo del extremo. Tal como sucede en Síndrome labio-bucal contagioso, la historia que inaugura el libro, que cuenta cómo una chica, que piensa que su novio le ha sido infiel, busca a la tercera en discordia de acuerdo al preconcepto de que las bocas de las mujeres se amoldan al tamaño de los penes de sus novios. Ese prejuicio se pliega sobre sí mismo una y otra vez a medida que seguimos a la chica y llega un punto en que lo bizarro da pie a lo surreal.

Y así es como se conforma la primer mitad del libro, asistiendo a una premisa que se retuerce de tal manera que confluye en lo incomprensible. Incomprensible para los personajes, no para nosotros. Por más que estemos contemplando la degradación de los cuerpos, leemos que opera una lógica interna que les es ajena a los personajes, que no les queda otra que aceptarla o dejarse llavar por la sorpresa y posterior adaptación.

El cuerpo, entonces, para Kago, es una herramienta totalmente funcional a nivel particular que preanuncia un estado de cosas a nivel general. De todas maneras, lo que mejor subyace en el conjunto de relatos de Reproducción por mitosis y otras historias es la idea de límite, por un lado, y ruina, por el otro. Estas ideas necesariamente están unidas, pero conservan en sí mismas puntas diegéticas que se bifurcan y adquieren resonancia por separado.

Con el concepto de límite Kago profundiza en lo que es su mejor costado: por un lado el límite del cuerpo como herramienta y por el otro el límite del lenguaje historietístico en sí mismo. Se ha dicho más de una vez que está el Kago asqueroso y el Kago experimental, como si se trataran de dos autores distintos. Yo no veo tal diferencia, sino un cambio de enfoque en su búsqueda por contar cosas nuevas o llamativas. Así como decía recién que el cuerpo cumple una función narrativa, además de motorizar una denuncia sociológica o ironía en torno a la existencia moderna, lo mismo va a ocurrir con las herramientas propiamente dichas que componen el lenguaje historietístico. Sería prudente hablar de corpus y no de cuerpo, en tanto y en cuanto de repente vemos a Kago como un autor preocupado por romper las barreras narrativas de una manera tan lúdica como profundamente novedosa.

 

Página de Reproducción por mitosis, de S. Kago.

Página de Reproducción por mitosis, de S. Kago.

Ya la novedad no pasa tanto por dejarse llevar por el juego interno entre autor y lector (ese juego donde existe una apuesta por parte de Kago para que vos te regodees en la degradación interminable de los cuerpos de los personajes), sino que la novedad está en proponer a la historieta como un mecanismo orgánico en sí mismo, que puede descomponerse o puede viralizarse. Reproducción por mitosis, la historia corta que da nombre al libro, es el ejemplo perfecto de lo que estoy diciendo ya que habla de la reproducción total de la secuencialidad. Otro ejemplo, por supuesto, es la historia más plausible de ser usada en talleres de narrativa: Génesis ciudadana. En ambos casos también hay visceralidad y hay degradación humana, por supuesto. No son experimentos lúdicos inocentes ni alejados de la propuesta estética de Kago.

Lo que finalmente prevalece y lo que le da una forma temática al libro es la arenga de romper con toda clase de tabúes, incluso los que vienen de la mano de la lectocomprensión de lo que es un comic. Sin ir más lejos, este libro se cierra con un epílogo que completa esta idea: Shintaro Kago mismo lo escribe tratanto de preguntarse qué es lo que entendemos como secuencialidad. Y ahí caemos en la noción de ruina.

 

Página de Génesis ciudadana, de S. Kago.

Página de Génesis ciudadana, de S. Kago.

 

La ruina de los cuerpos es también ruina del storyelling. Génesis ciudadana quizá sea la historia donde mejor se hace patente esta idea: Kago rompe la lógica de lectura, la arruina, para sumergirnos en un tercer mundo. El primero, claro está, es el mundo de lo que se está contando: un día en la vida de una pareja que se encierra en un hotel a coger. El segundo mundo es el nuestro o, dicho de otro modo, es nuestro bagaje intelectual que se sirve de las herramientas historietísticas para comprender lo que está sucediendo. El tercer mundo es esa realidad de cubos que se vacían y se llenan con los trozos de los personajes, derrumbando las nociones de realidad del primer y segundo mundo. El concepto de la cuarta pared aquí no solo está resignificado sino que adquiere las propiedades físicas de una realidad en sí misma, con sus propias reglas y su propia razón de ser. Pero este tercer mundo contiene a los otros dos, de hecho los objetos y los pedazos de caras y vergas y tetas tienen vida y una función predeterminada: servir a un relato. Es en la desesperación por servir al relato donde existe el grotesco y en donde las capas y capas de significación se quiebran para siempre.

Más allá de la ruina corporal, estamos siendo testigos de la ruina de la realidad como la conocemos. El límite se quiebra y la ruina se autofagocita en un delirio decadente a todos los niveles y es imposible cerrar el libro sin sentir que hemos sido transformados.

Como último aspecto a tener en cuenta, quizá valga destacar el juego perverso entre organismos en descomposición, enfermedades, terminología de manual de medicina, ascetismo visual y el comportamiento errático, moralista y hasta melancólico de los personajes. En las páginas de cualquier historia de Kago se preanuncia la soledad de los cuerpos, la depresión que la tecnología y la modernidad socava sobre ellos, la moral como marca de agua que aleja a los seres o los choca irremediablemente y el amor como una enfermedad virósica que desnuda los miembros y los somete a un estado de falsa empatía: dentro de una relación sexual no existe la comunión de los cuerpos, sino una relación de poder donde un mayor grado de pulsión sirve para someter a un otro de menor grado.

Kago nos dice, en esencia, que la humanidad estuvo todos estos años procurando una liberación de la líbido, pero esa liberación nos hizo caer en el sometimiento de meros mecanismos de acto y reflejo.

Por ende, no somos otra cosa que tubos de carne vacíos con entrada y salida tratando de ocultar lo que entra y lo que sale de nuestras cavidades por miedo al perjurio ajeno. Podríamos llamar moral a ese ocultamiento y podríamos ponernos serios al respecto, pero ahí es justo cuando viene Kago a decirnos que no hay por qué hacerlo: la moral no es otra cosa que una gran farsa.

 

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