5 RAZONES PARA VER HANNIBAL, DE BRIAN FULLER

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La segunda temporada de Hannibal está a punto de concluir y lo está por hacer, independientemente de cómo termine, convertida en una de las mejores series que podés encontrarte.

Desde Farmacocracia doy 5 razones de por qué deberías estar bajándola (o viéndola por AXN):

  • 1- El mejor Lecter de todos

Con el perdón de Anthony Hopkins, Brian Cox y Gaspard Ulliel, el Hannibal Lecter de Mads Mikkelsen es un Lecter distinto pero, a su vez, completamente fiel a los estigmas por los cuales reconocemos al más grande psico-dandy caníbal de todos los tiempos.

Convengamos, antes de empezar, en que Hopkins supo llenar de sentido esos lugares huecos que el creador del personaje, Thomas Harris, dejaba para la libre interpretación del lector. Si bien en las novelas Dragón Rojo y El silencio de los corderos encontramos las principales características del carácter de Lecter, debemos acordar que el personaje se mantiene a base de pinceladas gruesas y alguna que otra frase destacada, recayendo todo el peso en los protagonistas de sendas novelas. Hopkins lo que hace es darle toda una pátina de sordidez, frialdad y al mismo tiempo le confiere al personaje de un humor muy extraño, convirtiendo a Hannibal en un personaje caleidoscópico y complejo.

El Lecter de Mikkelsen, mientras tanto, se presenta como una especie de reloj humano, un fanático del cálculo y la dominación, sumado a un aspecto que en el resto de los intérpretes casi no existía: la metrosexualidad. Ahí donde Hopkins le añade ascetismo, Mikkelsen perfila su tratamiento dotando al personaje de rasgos cuidadísimos y un culto al individualismo que a veces roza con hedonismo pero que es una extensión de un rasgo ulterior, que es el de ser él mismo un ser con un mensaje.

Recordemos que en esta etapa pre-encarcelamiento del personaje, Hannibal es un psiquiatra respetado, un ser con una cultura amplísima y un conocimiento nada desdeñable de la existencia humana. Hannibal utiliza todo este bagaje, a simple vista y de cara a los demás, para ayudar al prójimo, aún sabiendo nosotros de antemano que en realidad su presencia es la significación de la más rotunda amoralidad.

La serie juega permanentemente con estas aristas, entre lo que se ve y lo que permanece velado, entre lo que es bueno y lo que significa lo malo. Si bien Lecter se presenta como un ser culto que comparte sus saberes, en realidad el psiquiatra está ocultando sus verdaderas intenciones homicidas y su desprecio a la humanidad con capas y capas de sofisticación. Trata y maltrata a los que lo rodean como simples muñequitos articulados, como un gato jugando con sus ratoncitos antes de comérselos. La ironía aquí se presenta de a gotas dispersas que se secan apenas Hannibal empieza a cocinar… porque claro:

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  • 2- Es una serie que da MUCHO hambre

Hannibal comprende a la perfección la vieja frase que reza: “Sos aquello que comés”. Los platos gourmet que prepara son cada vez más elaborados y sofisticados, pero verlo cocinando con tanto placer es algo que provoca que la barriga empiece a hacerte ruidos. Esos primeros planos mostrando los platos terminados generan la mejor de las babas envidiosas si no fuera por que toda esa belleza funciona como un cazabobos semántico: se te hace agua a la boca y te dan ganas de comer un plato que te olvidás que tiene como ingredientes fundamentales algun pedazo humano.

Hay un doble y hasta un triple sentido en la exposición permanente de manjares prohibidos: el primer sentido, claro está, subyace en el plato en sí, en verlo y en querer comértelo. Es un plato, al mismo tiempo, que no todos pueden permitirse. Es un plato, en todo caso, clasista. El segundo sentido aparece, como dijimos, cuando caemos en la cuenta que no deberíamos comerlo. Solo unos pocos pueden permitírselo: aquellos que están más allá del bien y del mal. El clasismo no está significado por, valga la redundancia, lo clasista, sino por lo moral. Ese tabú establece una relación dialéctica que se convierte en diegética cuando pensamos en el tercer sentido: el regodeo.

Más allá de lo visual, la serie revisiona lo gore desde un elemento no tan estudiado por series y películas: el alimento. Por supuesto, de más está decir que la mayoría de los capítulos cuenta con una multitud de escenas y planos pensados para mostrar de la manera más explícita posible cómo matan los demás y cómo sufren las víctimas, pero las verdaderas intenciones de la serie aparecen en el juego simbólico que se establece cuando lo gore aparece en la exposición de un plato. Lo gore entonces no es disfrutar viendo maneras ingeniosas de regodearse con las vísceras y el asco, sino todo lo contrario: lo gore está personificado como una capa cultural que proviene del buen comer.

Además, claro está, lo que prevalece en Hannibal en torno a la cuestión del alimento se puede resumir en esta frase: te muestro este plato prohibido porque soy el mal encarnado. Soy la tentación.

En tiempos donde las series de zombies no se preocupan por dotar de mayor significación ese gran símbolo político que fue la figura del muerto vivo con ansias de morder, Hannibal en cambio propone que nos regodeemos con la muerte y nos comprometamos con nuestras propias pulsiones, dejándonos tan incómodos como extasiados.

Obviamente que la cuestión del alimento es solo una de las puntas de la serie, ya que no nos tenemos que olvidar de…

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  • 3- La puesta en escena

Los platos que prepara Lecter son la única fuente de calor dentro de un contexto en donde todo está siempre congelado. La fotografía siempre muestra paisajes gélidos y el contexto donde se mueven los personajes permanece dentro de un tiempo muerto (nunca mejor dicho). El invierno aquí parece ser eterno y el frío siempre cala los huesos.

La puesta en escena de Hannibal puede funcionar como un personaje más dentro de la serie que incluso ayuda a comprender a los personajes y sus motivaciones. Además de, obviamente, las dosis de oscuridad y mala leche que capítulo a capítulo insisten en mostrar. Asimismo, aquí ocurre lo mismo que veíamos cuando hablábamos de True Detective: los planos abiertos y las panorámicas consisten en ofrecer dosis de sofocación y encierro aún más dispuestas que los planos interiores o cerrados, donde siempre prevalece la oscuridad.

De todas maneras, más allá de las ingeniosas apariciones de cadáveres o lo sombríos que pueden ser los escenarios, tengo que destacar que a veces la serie juega con lo perceptivo de maneras muy logradas. Casi todos los personajes parecen tenerla lo suficientemente clara como para que estén un poco locos, y esa noción de conocimiento rozando la locura nos la hacen ver como un componente fundamental dentro de una serie que juega todo el tiempo con las premisas de la moral, la verdad y la mentira.

Estamos hablando aquí de una serie con cierta ínfula pretenciosa que quizá pueda caer mal. En esta serie todo es importante, todo tiene su carga dramática y todo a veces recae en la pomposidad, todo sea dicho. Pero el juego de simbolismos es tan intenso, tan enrevesado, que hace que cualquier cosa que veas dentro de Hannibal pueda ser utilizado más tarde y que se te clave en la memoria. Por supuesto que esto de la puesta en escena sería un recurso florido sin mucho que hacer si no estuviera uno de los rasgos que legitiman a esta serie. Ese rasgo, es:

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  • 4- La estructura

Uno de los vicios que tiene una gran cantidad de series es lo que en comic se denomina The decompressive storytelling. Básicamente estamos hablando de narrativa descomprimida, o de cómo las tramas pueden alargar sus elipsis para conseguir algún que otro golpe de efecto, por lo general en los últimos capítulos de sus temporadas. Si bien muchas apelan al concepto de crescendo, hay que destacar que muchas otras consisten en dejar toda la tensión dramática para el final y una vez que comienza una nueva temporada se reinician los ejes y vuelve a pasar lo mismo.

Bueno, en Hannibal no ocurre esto, sino todo lo contrario.

La primera temporada se presentó como un semi-procedimental: aparece un muerto, Jack Crawford llama a Will Graham para resolver qué pasó y éste a veces consulta a Lecter para entender y entenderse a sí mismo. La tensión entonces estaba puesta en el caso a caso, y son los muertos y sus asesinos los que van dando pistas de algo mucho más profundo y complejo, con Lecter tejiendo laboriosamente la forma de no quedar pegado a los crímenes que Graham progresivamente va solucionando y que apuntan directa o indirectamente al primero, quien a su vez es su psiquiatra.

Sobre el final de la primera tanda de capítulos queda claro que Lecter es una persona de temer, no tanto por el hecho de matar a mansalva sino por lo que le hace a los vivos, y en particular a Graham. En suma, todo lo que vemos al principio son puntas de tensión permanente que llegan a un clímax exasperante ya que somos nosotros los que sabemos (y hasta ahi), qué es lo que está pasando.

La segunda temporada comienza con un flashforward: Jack Crawford ya sabe quién es Hannibal Lecter y a partir de ahí vamos viendo el caminito de migas que nos va llevando hasta ese suceso.

Y acá todos los capítulos son un pasaje a una montaña rusa de tensión, especulación y mala leche. Con un fuerte cambio de registro acerca de quién es el bueno y quién es el malo, cada instante ofrece nuevos datos y los personajes cambian, se amoldan o rompen con las circunstancias. Nuestras percepciones ya no son tan certeras, Hannibal comienza a jugar de maneras cada vez más rebuscadas y todos tienen algo que ocultar, además de que todos dudan hasta de sí mismos.

Otro aspecto a tener en cuenta dentro de la estructura es que rompe el molde establecido con los libros y las películas de donde proceden los personajes. Pareciera como si Brian Fuller, el showrunner de esta serie, quisiera decirles a todos “muy bien, todo lo que leyeron y vieron a mí me sirve como materia prima, no como algo para respetar, así que jodete si estás pensando en que vas a ver las cosas tal cual ocurrieron”. Por ende, hay muchos detalles acá y allá (más que nada la muerte de cierto personaje secundario relevante o la aparición de algún personaje obsesionado con los cerdos que hemos podido ver en la Hannibal de Ridley Scott), que hacen pensar que estamos viendo una suerte de plano paralelo a lo que es la bilbiografía “oficial”. Dependerá de las sucesivas temporadas que esta línea de continuidad paralela se convierta en la nueva línea oficial.

Volviendo a la serie en sí, la segunda temporada ya no trata tanto acerca de perseguir enfermos sino que abandona lo procedimental en pos de un relato unívoco que se parte en dos promediando la mitad de la serie. Hay todo un plan gestándose sin que lo sepamos y los personajes se retuercen a niveles enfermizos, si bien por momentos pecan de “demasiado inteligentes” y todos cuidan por demás lo que dicen y lo que hacen. La serie consiste principalmente en duelos de diálogos y es en esa tensión generada en miradas, palabras y silencios lo que consigue dejarte a la expectativa.

Por eso mismo, con todo lo bueno que podemos decir de Hannibal Lecter, el pibe se la pasaría hablando solo o aburrido como un hongo si no existiera el verdadero protagonista de la función:

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  • 5- Will Graham.

Graham es la personificación de la empatía como condena. Debe ser extremadamente difícil estar en su pellejo. Imaginate: sos un muchacho que tiene como ¿poder? ponerse en el lugar de los demás y revisitar lugares enteros basado únicamente en datos e indicios. Claro, así es fácil adivinar quién mató a Fulano de tal. Nomás con ir a la escena del crimen, te ponés en el lugar del muerto (o del ejecutor) y sabés exactamente por donde empezar a buscar. Pero nadie dijo nada acerca de que este tipo de cosas te pasen todo el tiempo, incluso sin que lo pretendas. O que cada vez que te ponés en el lugar del otro te van quedando “residuos” de pensamiento y de recuerdos que pueden afectar tu percepción.

Así, mientras Lecter le da piel al cálculo y a la precisión de la muerte, Graham (interpretado por un siempre contenido Hugh Dancy) hace lo suyo con la fragilidad de lo pulsional o lo intestable de la vida. Casi como una Cassandra melancólica, Graham le grita a todo el mundo que Hannibal es El Mal y nadie le cree, tan absortos ellos en dejarse obnubilar por el juego perverso del psiquiatra. La verdad que trae consigo lo pone en una distancia parecida a lo distante que es su casa en el medio de la nieve. El hecho de no poder fisurar los velos de semi-realidad en los que todos permanecen absortos lo fue llevando a ser carne de cañón de los impulsos tenebrosos de Lecter, al punto de quebrar su cordura y ponerlo en una situación tan frágil como utilitaria.

Iniciada la segunda temporada vemos que el policía ha sucumbido y se ha dejado arrastrar por los falsos indicios que lo designaron como asesino. Este nuevo paquete de capítulos nos cuenta la redención del personaje y de cómo tiene que unirse al plan de Lecter para llevar a cabo su propio plan, estableciéndose así un juego de ajedrez con muertos por doquier y sentimientos de desolación a cada instante. Y la moral, a todo esto, yéndose por el inodoro.

La segunda temporada es un festín de sangre, tensión y locura. Le resta un solo capítulo, donde todas las piezas están dispuestas para que el ciclo de muerte se reinicie. Mientras tanto, a todos aquellos que decidan empezar a verla, les espera una serie con un tono y un abanico de simbolismos que son muy raros de encontrar hoy por hoy. Buen provecho.

(Nota: si quieren leer más, recomiendo un post que gira en torno a la primera temporada, directamente desde el sitio Factor Crítico)

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