5 PELÍCULAS PARA ENTENDER EL CUELGUE DE ROBIN WILLIAMS

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Llego tarde con lo de Robin Williams, y en realidad ni siquiera debería andar perdiendo el tiempo con un tipo que siempre me cayó incómodo. Llego tarde quizá porque estoy más preocupado por pagar el alquiler o por la muerte de nenes en la franja de Gaza o porque estoy guionizando o porque realmente, insisto, Robin Williams me cayó incómodo desde que tengo memoria. Pero a la larga es igual, ¿no es cierto? Es todo igual: la muerte extrema, el genocidio, mis ansias de self-made man y el suicidio de un tipo que se hinchó las pelotas. Ya saben, la biblia, el calefón y la concha de tu hermana.

Pero bueno, este es un blog de cultura popular y de repente pintó hablar de este muchacho. Y ojo, después de todo el señor Williams siempre me cayó incómodo porque, en el fondo, cada vez que le prestaba atención pude ver que el tipo era uno de ésos de los que les ves el mambo morbo en la mirilla de sus ojos y por ende no le creés lo que te dicen o lo que hacen (lo que no quita que no sea un buen actor), pero existe cierto halo de que lo leés y la cosa se vuelve morbo per se. Y acá estamos, entonces, rescatando las 5 mejores películas en donde se le ven las costuras a pleno, costuras que si podríamos haber advertido de antemano podríamos haber averiguado por lo menos cómo decirle “che, a vos te pasa algo” (como si eso importara en la decisión final de un tipo a la hora de colgarse).

Veamos qué podemos hacer al respecto:


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5- Good will hunting:

Sí, acá volvía a poner carita de bonachón como en Despertares, tremebundo bodrio lacrimógeno basado en el gran libro de Oliver Sacks. Pero ojo que en ésta puso cara de bonachón con intenciones de pegarme el corchazo en cualquier momento, que no es lo mismo. Baste nomás la famosa escena donde cuenta lo del pedo de la mujer (que como se dijo acá y allá fue 100% improvisada por él) para darse cuenta que el tipo sabía bastante acerca de la miseria humana y de lo que significa apegarse a meros y efímeros detalles… o sweet imperfections, como dice el buen psicólogo al que le pone la piel. Siempre anduvo dando vueltas la leyenda acerca de que en roles graciosos Williams se afeitaba, dejándose la barba para roles más dramáticos. Si bien sus últimas películas rompen con esto, asimismo en esta película la cara de bonachón (barbudo) volviendo del abismo conmovió hasta al más autista. Es innegable que el tipo sabía de lo que estaba hablando.

 

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4- The fisher king:

Bueno, Terry Gilliam siempre lo quiso. Pero el bueno de Gilliam es un rascatripa existencial, por eso nunca terminó de atraer a la égida jolibudense pone-plata. Y así le fue, dicho sea de paso. De todos modos, con El pescador de ilusiones Gilliam aún podía permitirse hacer con la guita lo que se le cantara el ocote y acá nos regala una visión de un Williams extraño, pero al mismo tiempo no tan extraño, es decir: dentro de la familiaridad que puede provocar en el imaginario un loco vagabundo que tiene la posta pero que nadie le da la pelota suficiente, podemos advertir (si rascamos la primer capa) la misma de siempre: las obras son elegidas, uno elige las obras, en fin… en materia de creación, yo diría que el tipo se estaba riéndose de sí mismo, aunque el concepto de la película fuera para otro lado (en su superficie). Así y todo, Gilliam es el primero que ve en Williams algo más que slapstick y chistes pelotudos. Y Williams hace el resto de la función, obviamente con humor pero también con mucha desolación.

 

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3- Man of the year:

El último Williams en estado puro. Barry Levinson, un director al que todos los actores bienpensantes se prenden como borregos a la teta por sus parábolas político-ideológicas, usa a uno de los comediantes mejor considerados entre los comediantes para contar una fábula  bien cacheteadora (o quizá una ucronía, lo cual no deja de ser un fabuloso palazo a la administración Obama): qué pasaría si un tipo a lo Letterman o Leno se postulara para presidente. Y acá vemos, sin querer queriendo, al Williams más ácido, decidiéndose entre ser “políticamente correcto” (dicho esto casi de manera literal) o ser definitivamente honesto y mandar todo a la mierda. Una muy agradable película que quizá le deba demasiado a Bulworth, pero que si indagás más acerca de la carrera de Williams te das cuenta que casi todas las frases, comentarios y chistes que se dicen en la película pertenecen a la gira Weapons of self-destruction, que Williams hizo durante esa época y que significaba algo así como su regreso al stand-up (Vaya nombre de la gira, por cierto).

 

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2: World’s greatest dad:

Estaba entre ésta y One hour photo, pero ésta gana por la cruel ironía del destino. O sea, el hijo del personaje que interpreta Williams se mata asfixiándose en un juego erótico consigo mismo. Y de ahí contemplamos la redención de un padre que no solo trata de restablecer la memoria y la ¿reputación? de su hijo sino que se pregunta qué carajo le pasó a él mismo en el medio. Estamos hablando de una película muy menor, de una película hasta mala, que al lado de las reconocidas Despertares, Buenos días, Vietnam o La sociedad de los poetas muertos queda como un sorete flotando en el abyecto mar inodoroidal. Pero esta peli no deja de ser todo un signo de muchas cosas, ya que en un punto te estás riendo de cosas totalmente negras y nefastas y el tipo, a conciencia, provoca algo que no genera en las tres películas mencionadas: empatía. Lo cual vuelve todo muy, muy triste. Una verdadera patada en las pelotas y un signo del devenir artístico que Williams había impulsado desde Insomnia que no deja de ser, quizá visto ahora en retrospectiva, como una suerte de elección entre macabra y fehaciente de lo que tenía entre dientes y nunca pudo decir excepto con una soga al cuello.

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1: Death to Smoochy:

Bueno, en mi opinión acá se juntan todos los puntos anteriores. Quizá las demás películas sean criticables por H o por B, quizá por el rol más o menos protagónico de Williams o quizá simplemente por la incompetencia o decadencia de sus directores. Pero acá está Danny De Vito en el medio, un enano maldito que hay que reivindicar y que leyó, como la palma de su mano, la existencia de Williams como payaso triste y fagocitado dentro de un sistema lo suficientemente cruel como para inducir al suicidio y que para colmo dicho sistema puede hacer que termine, de la noche a la mañana, convertido en una especie de Jesús del humor.

Acá Williams es el enemigo, el desplazado por la novedad, reconvertido posteriormente en un pobre patético que siempre quiso en el fondo el amor de los demás, cuando en realidad no sabía ver que el amor de los demás existía pero que bueno, el término “los demás” es bastante volátil y que si te dejás llevar por eso estás frito y te puede condenar a la peor de las actitudes, como el rencor o el resentimiento. Williams incluso aparece poco y es impredecible, dentro de su patetismo, ya que está aferrándose a un sueño y ese sueño, en esencia, es una ilusión. Y ya todo sabemos que en cuanto reconocemos que es todo una ilusión, entonces está todo permitido. Y ahí es entonces cuando la cosa se desmadra.

Hay una especie de final feliz en esta película, en términos de trama, pero no así de semántica: Rainbow Randolph vuelve a lograr algo así como el amor de los niños, pero sabe que ese amor no es ni duradero ni propio, sino compartido. En el fondo, debemos reconocer que el suicida es siempre egocéntrico.

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