MIEDO Y ASCO EN EL COMICAZO

comicazo

Bueno, muchos me preguntaron “¿qué onda el Comicazo?” con la intención de que soltara la bífida y largara pestes. Pero esta vez decidí que, antes que la cosa se terminara en comentarios de mamado en Facebook, es mejor productivizar esto de algún modo. Así que por un lado particular inauguro esta sección de crónicas a los lugares o eventos a los que voy. Son crónicas personales y 200% subjetivas, no esperen otra cosa. Y por otro lado más general, ojalá que esto sirva como un modesto registro de cómo se desarrollan eventos relacionados a la historieta en este país (aunque estas crónicas no tienen por qué relacionarse necesariamente a estos eventos en el futuro).

Ahí vamos entonces.

1- PRÓLOGO: Previously, on the big and stupid show called Feria del libro…

Esto se inicia así: a la Municipalidad de Córdoba le llueven palos por todos lados por hacer la peor feria del libro del universo. Que es siempre la misma bosta, que los stands venden lo mismo de siempre, que todos los años vienen los mismos gerontes a firmar sus obras mecanografiadas disfrazadas de libros. Atención, es probable que esto que diga sea la visión de un gran número de personas que asisten, ya que la feria del libro (me resisto a ponerla con mayúsculas) supuestamente es la apuesta cultural de la ciudad por antonomasia… pero esta grandilocuencia la dicen los medios y el sector de lectores comprendido por viejas conchudas que son como molotovs vivientes (ponete a pensar: entre la naftalina de sus prendas, los litros de perfumes, sus maquillajes y su pelo lleno de spray o tinturas dudosas, el cóctel químico asustaría al mejor de los Heisenbergs… ¡cuidado con andar fumándoles cerca!). Así que lo que digan estos grupos, desde ya, amerita tomarlo con pinzas.

En fin, para contrarrestar el efecto negativo creciente, a los responsables de Cultura de la ciudad de repente se les cae la ficha y se acuerdan de que hay un sector que produce y consume historietas. “¡Pero claro!”, habrá pensado Francisco Marchiaro, el ente que administra la secretaría de Cultura, “¡Cierto que hay huevones que hacen dibujitos! Yo me acuerdo de la revista Hortensia, yo usaba sus tapas para cortar la merca cuando niño… ¡Oh, qué lindo es tener 9 años! Listo entonces, no se hable más. ¡Con esto nos querrán para siempre!”.

Y así es que se organiza un evento de comics. Todo sea por la interdisciplinariedad, viteh.

Como quien no quiere la cosa, entonces, designan/contratan a un muchacho llamado Fernando Sosa, dibujante e ilustrador de… cosas. La cuestión es que él solito agarra y dice “me voy a poner el evento al hombro ya que necesito que alguien me quiera / aparecer en los diarios / ser feliz” y contacta a uno o dos muchachos más para que lo asistan en las charlas y listo, la cosa sale con fritas. Desde Cultura se frotan las manos, es mejor pagarle a un solo muchacho antes que a un grupo que maneje con algo de seriedad un evento.

Así es como comienza. El Sr. Sosa realmente tiene la mejor de las intenciones de demostrar que se puede hacer un festival de historietas con apoyo de una secretaría de cultura privatizada, dentro del marco de la peor feria del libro del universo y con solo un par de flyers mal hechos y un evento en Facebook funcionando como su aparato de difusión personal.

Nada de sitios oficiales. Nada de información ordenada. Nada de promover a los invitados. Nada de señalética o identidad en diseño. Nada de fanpages o un triste blog con el template Mínima Black, siquiera. Sosa es el ejército de un solo hombre responsable de levantar el hueco que es Cordoba dentro de la grilla de eventos nacionales referidos a la historieta, que tiene a Rosario muy arriba con su Crack Bang Boom, a Buenos Aires con su Comicópolis y, tres o cuatro pisos más abajo, a San Luis y Salta como ejemplos modestos, hechos a pulmón y proactivo a los cambios (1).

¿Le habrá salido bien a Sosa su ambición?

 

2- JUEVES: ¡Al calabozo!

Y ahí voy yo con mi caja conteniendo material de Dead Pop, Revista Términus, Salamanca Comics y Editorial La Pinta, las cuatro editoras que comprenden este colectivo no-formal en las que de manera cuasi-cooperativa nos turnamos en asistir a eventos y festivales a lo largo y a lo ancho del país. Dead Pop, como se sabe, tiene comportamiento de red y trabaja bajo “seccionales” que se nuclean en las tres ciudades más grandes: Buenos Aires, Rosario y Córdoba, así que La Calavera juega básicamete de local. Por lo tanto me toca a mí y al pequeñísimo grupo que compone la seccional Córdoba asistir al evento. Se va a sumar el viernes Bruno Chiroleu, de Revista Términus, viniendo directamente de Rosario y en calidad de invitado al evento, pero mientras tanto es responsabilidad mía pegar el pistoletazo de salida de nuestro stand.

El día es un día de mierda: había llovido muchísimo la noche anterior y los nubarrones amenazan con una segunda descarga. Había sido citado a las diez de la mañana ya que a esa hora comenzaba el evento. Un horario, por cierto, de lo más estrafalario, teniendo en cuenta que la gran mayoría de estos festivales arrancan, por regla general, entre la una y las tres de la tarde ya que, de vuelta por regla general, se cae de maduro que los ñoños juegan online hasta altas horas de la noche y nadie asiste a la mañana (estoy generalizando, lo sé, pero vamos, convengamos: ¡el target de estos eventos son los ñoños!).

Yo me había quedado dormido y llego a eso de las once, apurado y medio con culpa, intuyendo que el Comicazo ya había arrancado. Apenas llego al Cabildo me entero del primer punto extraño: no hay ninguna señal de dónde es el evento. Ningún cartel, ningún afichito, nada. Pregunto en informes y literalmente me mandan a los calabozos. Avanzo un toque, me pierdo, vuelvo sobre mis pasos y finalmente encuentro el lugar, en el que se había inaugurado la muestra de humoristas gráficos El humor provoca.

Me entero ahí mismo que es en ese espacio donde iba a estar el espacio de stands. El lugar está completamente vacío, excepto por una mesa donde está un semidormido Walter Armada vendiendo su libro El encapotado y yo y frente a él una mesa repleta de merchandising asistido por una señora y lo que parecía ser su hijo, al que a cada rato vienen personas del cabildo a retarlos porque tapan la muestra con sus juguetes y posters (segunda nota extraña: queda completamente anulada la posibilidad de poner posters o banderas sobre la muestra: de hecho la muestra ES lo importante ahí, no los stands; nosotros estamos técnicamente usurpando de facto el lugar). El resto del espacio está literalmente vacío. No hay mesas, no hay sillas y por supuesto, no hay nadie vendiendo nada.

Caminando un poco por el lugar llego hasta el fondo y me encuentro, finalmente, con el organizador, quien está sentado de brazos cruzados disfrutando como chancho un taller que daba, creo, Lucho Luna. De hecho es extraño: el organizador del evento es uno más de los asistentes al taller, y se ríe junto a los demás como si no tuviera otra cosa que hacer. Le pregunto cómo es esto y él saca de no sé dónde una mesa y un par de sillas. Me instalo, naturalmente, al lado de Walter y en diagonal a los que vendían muñecos, cosa de no quedar aislado en un rincón.

Y así es que quedamos los tres stands hasta aproximadamente las 2 de la tarde. Los que venden muñecos, hartos que vinieran a cagarlos a pedo, se trasladan y eligen otro espacio y ahí se instalan definitivamente. A las 2 entra José, responsable del webcomic Salsipuedes y se instala en el mismo lugar que fuera previamente ocupado por los vendemuñecos. Y así estamos hasta las 4 o 5 de la tarde. Mirándonos las caras y sospechando que hay algo medio raro en todo esto.

Porque hay otro detalle: estamos encerrados. Hay algún que otro postigo abierto pero eso es todo, la actividad regular comienza a ser no vender comics sino guiar a gente perdida que pregunta dónde se hace tal o cual charla, siempre dentro del contexto del evento mayor, la feria del libro. Evidentemente la incomunicación no es única responsabilidad del Comicazo, sino que toda la feria en sí carece de señalización y aquel que entra al cabildo lo hace con ojos de borrego y pisando con cuidado. Así que claro, de repente se choca con un espacio repleto de chistes y tres mesas con material dudoso y sus rostros mutan al pánico de manera instantánea.

Sosa, con quien tuve una serie de comentarios nada felices en los días previos, aparece y me dice que después tenemos que hablar (se corrían rumores de puñetazos), así que le digo que ya sabe dónde encontrarme, que charlaríamos cuando quiera. Horas más tarde aparece con un pebete de salame y queso. Mi no entender.

En fin, más o menos a las cinco la cosa cambia. Mariela sale del trabajo y viene a hacerme compañía y llegan Luis, responsable de Mitomante, Miljaus, Jean Franco y Pablo de Culiau! y Hernán de Humor vítreo y ahí el sector de stands tiene algo así como sentido. La gente sigue entrando confundida y sigue preguntando por las actividades centrales pero ya a esa altura, al ver movimiento, se quedan un rato, compran alguna que otra cosa y se van como diciendo “mirá vos, de repente hay huevones que hacen dibujitos”.

Mariela y yo nos estamos aburriendo bastante y decidimos empezar a traficar cerveza. Me voy con mi morral a un super y cuando vuelvo empezamos a beber sin que nadie nos diga nada. Más tarde va ella a buscar más y yo me pongo a planificar cosas con Luis, Pablo y José. Los cuatro nos cebamos entre nosotros y llegamos a la conclusión de que estaría genial tener nuestro propio evento de comics, sin necesidad de chapa ni representación municipal ni nada de eso.

Mientras tanto, en el patio central del cabildo, lugar designado a las charlas donde se intuía que el caudal de gente iba a ser más grande, ocurre otro Comicazo. Se sacan fotos, todos sonríen y todos se convencen de que el evento es una fiesta. Extraño.

A eso de las 9 de la noche con Mariela nos aburrimos del todo y nos volvemos a casa, pensando qué mierda tienen en la cabeza estos tipos.

3- VIERNES: ¡La luz!

Bruno llega al Cabildo a las once con su inmortal valijota ruidosa y lo primero que dice es “che, ¡pero esto es un embole!”. Yo lo miro juntando mis hombros y al toque empezamos a generar planes para que el espacio por lo menos tenga algo más de luz y entrara airecito, además de que esté de cara al público que pasea entre la vereda del Cabildo y los imponentes gusanos blancos que son las carpas centrales de la feria del libro, en la plaza San Martín. Luego de ochenta idas y vueltas en lo que parece ser la versión remixada de La Casa que vuelve loco de Las 12 pruebas de Ásterix, Bruno y yo damos nuestros nombres y nos hacemos responsables por si alguien entra a robar los cuadros de la muestra y finalmente acceden a abrir una de las puertas que da a la calle. Ante la falta escabrosa de algo tan simple como un cartel que señalara que ahí se hacía el Comicazo, Bruno se pone a dibujar al teutón calavera que ya es la seña de identidad del primer número de Términus y lo dispone al lado de la puerta. Reacomodamos los stands y le ponemos la mejor de las ondas y ahí la cosa cambia un poco. Sin embargo vuelve a ocurrir lo mismo que el jueves: el resto de los stands llegarían más o menos a la misma hora que el día anterior así que somos los únicos junto a Walter Armada y José. La gente, ahora que ve la puerta abierta, redobla sus esfuerzos al preguntar dónde se hace tal o cual cosa relacionada a la feria del libro. Es evidente que les queda más cómodo entrar a la primer puerta abierta que ven antes de notar que la puerta principal tiene la mesa de informes a cuatro metros de la entrada.

El día, sin embargo, es otro de los olvidables. Yo tengo una entrega freelance fijada para el dia 10 y no puedo perder más tiempo, por lo que me excuso, los dejo a Bruno y a Mariela atendiendo el stand y me vuelvo a casa a trabajar. A las nueve vuelven los dos con Franco Germán (agente de prensa de Dead Pop en Córdoba y responsable de la revista Border) y yo ya los estoy esperando con cervezas. Hay un poco de destrucción etílica, lo llamamos al Negro Viglietti (o él nos llama a nosotros, no me acuerdo), le decimos que venga a tomarse unas birras y como no viene le decimos que es un pollerudo. Y así hasta irnos a dormir.

4- INTERLUDIO: Humor gráfico vs. Historieta: FIGHT!

Bueno, a esta altura se estarán dando cuenta de cómo se está desarrollando el evento. La consigna, ante todo, parece ser la bipolaridad. Por un lado fotos con sonrisas, declaraciones estrambóticas (“¡Esta es la verdadera fiesta de la historieta en Córdoba!” y similares) y homenajes acá y allá con el patio mayor del Cabildo como epicentro al lado de la pobreza logística del sector de stands. Por otro lado la bipolaridad se extiende al mismo concepto del Comicazo: un evento de historietas donde se homenajea y se tiran alabanzas al… humor gráfico.

No me malinterpreten, está todo perfecto con el humor gráfico y con los que la generan. Pero tanto la muestra El humor provoca como gran parte de la lista de invitados (todos ellos muy mayores ya, con sus reumas y sus lagunas mentales y con ganas de estar tomándose una grapa en vez de estar haciendo tiempo en el cabildo esperando que alguien de la organización aparezca), preanuncian un gravísimo error de base: si tomás al humor gráfico como algo exactamente igual a la historieta (y más si sos dibujante), entonces no estás entendiendo absolutamente nada. Sencillamente eso se resuelve trabajando y leyendo, claro, tampoco es tan grave. Pero ante la abrumadora evidencia, Sosa es el responsable directo de ese error de concepto.

Quizá explique en algún otro post por qué destaco teóricamente que humor gráfico e historieta no son lo mismo. No lo puedo hacer acá porque me estoy extendiendo demasiado.

Nota aparte merece el tan famoso humor cordobés, concepto tan difuso como estúpido. En palabras de un amigo, baste nomás con declarar y defender la siguiente premisa: el humor cordobés es un término inventado por los porteños y que los cordobeses, chochos de que papi Baires los hayan tenido en cuenta, lo asumieron como suyo. Es como el concepto de latino en Estados Unidos, con representantes de la talla de Gloria Stefan, Marc Anthony o Shakira asumiendo con felicidad un claro concepto de domesticación y discriminación positiva.

En fin, esto da para mucho más. Pero continuemos.

5- SÁBADO: ¡Caos!

El sábado Bruno tiene pautado dar una charla ya que bueno, se supone que si estás invitado a un festival como mínimo tenés que hablar de lo que hacés. Está citado a un bar al mediodía (otro horario extraño, en este caso para dar una charla), así que apenas dejamos el stand preparado él se va y yo me quedo atendiendo al público (ya abriendo la puerta sin preguntarle a nadie) y Bruno más tarde me cuenta que al llegar al bar no hay nadie. El organizador, por supuesto, brilla por su ausencia.

Bruno me comenta que cuando llegó Sosa ya la idea de la charla no solo se había desvanecido sino que era absolutamente al pedo. Se tomó unas birras y volvió al espacio de stands a eso de las tres.

Digamos que éste fue el mejor de los días, pero en realidad hay que decirlo en contraposición al rotundo embole de los dos días anteriores. Sí, quizá se haya vendido más, sin embargo para lo que son los registros de venta usuales de las cuatro editoras, el monto final fue paupérrimo. Bruno vino desde Rosario y su labor de difusión de la revista es impecable (él también es un ejército de un solo hombre), sin embargo Bruno tiene un criterio a la hora de encarar las situaciones que yo no tengo. Si yo hubiera viajado 500 km con mi valija solo para vender la cantidad de comics que vendí y para asistir a charlas que no se concretaron por mera inoperancia, Sosa estaría comiendo engrudo por vía intravenosa.

Y no creo ser el único. Hablando con diversas fuentes que quizá no valga la pena revelar, la sensación de que el evento era un completo desastre en todos los niveles (y que el responsable total era Sosa) prácticamente se imponía por unanimidad.

Sin embargo Bruno, Mariela, Franco y yo nos quedamos hasta el final y luego nos vamos a Rondó Bar a beber a destajo junto al Negro Viglietti (¡Que esta vez vino! ¡Qué felicidad!) (2) y Jean Franco de Culiau!. Luego de que un niño me la mandara a guardar con un chiste obseno ahí mismo todos decimos “¡A tomar por culo! Si hay algo positivo de que esto esté hecho para la mierda es que está acéfala y nosotros podemos mejorarlo, total… ¿quién nos va a decir algo?” y ahí nomás engendramos una suerte de plan de expropiación del espacio. Rumiando lo que sería La toma del Comicazo nos vamos a Belle Epoque (menos El Negro, ufa) a rompernos todo el organismo a base de porquerías alcohólicas.

 

6- DÍA CUATRO: ¡Toma y expropiación!

Llegamos con Bruno a eso del mediodía, con la resaca a cuestas y cagándonos de la risa. Apenas media hora más tarde se suma El Negro Viglietti. Abrimos las puertas de par en par y nos ponemos a hacer carteles, muchos carteles. Con flechas, animales extraños, cabezas empaladas y detectives zombies. Todos serán estratégicamente dispuestos para que la gente se entere no de que hay una muestra en su mayoría compuesta por chistes pavos, sino que hay productores de historietas que sencillamente están aburridos. Ponemos uno cerca de donde se hacen las charlas, otro en el ingreso por el lado de los calabozos, dos más afuera y algunos carteles remarcando que nosotros no sabemos un pedo acerca de las actividades de la feria del libro (créanme, las consultas habían llegado a su masa crítica el día tres y yo había jurado sobre la tumba de mis padres a lo Batman que si volvía a aparecer otra vieja llena de naftalina preguntando a dónde estaba Rolón hablando al pedo, le iba a poner su dentadura postiza en el orto).

De ahí en más disponemos de los espacios como se nos canta el opertuso, reacomodamos las mesas, se suma gente con publicaciones, el público entra a sabiendas y nos consulta precios, se interesa por las publicaciones, recorre los espacios. Vamos, más o menos lo normal dentro de un evento de historietas.

Por el lado de la organización, naturalmente, se van sucediendo las fotos y la chapa absurda, pero eso ya a mí no me importa en lo más mínimo (si en todo caso me había importado en algún momento). Porque claro, me daba un poco de bronca que estuvieran sosteniendo la ilusión de éxito mientras todo lo demás se caía a pedazos. Y el hecho de que nosotros hubiéramos hecho algo al respecto enuncia aún más la triste verdad de que Sosa debería dedicarse a plantar rabanitos en vez de asumir la responsabilidad de dirigir un evento en el futuro cercano.

Las anormalidades, mientras tanto, prosiguen como una bolsa de gallinas sin cabeza: un taller de manga donde la coordinadora no sabe dónde darlo ni qué hacer, los invitados revoloteando por el cabildo cagados de hambre (de hecho, cuando Lalia, Meriggi, Massaroli y un par más se acercan al espacio de stands preguntando “¿Dónde está Sosa?” indagamos rápidamente y nos enteramos que el tipo anda lastrándose un asado por ahí en vez de asistir a los invitados) y un sinfín de incongruencias que ya esa altura, y con el desgaste propio de haber estado desde las once de la mañana hasta las nueve de la noche durante tres días y con alcohol de por medio, ni siquiera ameritan la indignación.

A las nueve cerramos todo y nos vamos a comer hamburlomos para despedir a Bruno.

 

7- EPÍLOGO: ¡El Vomitazo!

Entendamos lo siguiente: con buenas intenciones es al pedo iniciar y desarrollar cualquier cosa. Si no se le pone un gramo de sentido común y alguna que otra pizca de honestidad (en el sentido de que hay que ser conscientes de que no se puede organizar un evento sin tener la salud mental adecuada para admitir que es algo grande), las cosas van a tender necesariamente al caos.

Muchos defienden o justifican a Sosa diciendo básicamente “y bueno, pero date cuenta que el pibe lo hizo solo” y está bien, pero no es excusa. ¿Desde cuándo el hecho de estar solo justifica una seguidilla de mini-atrocidades que bien podrían haber sido evitadas si se llegaba a la noción de que es necesario un grupo que le ponga el 100% del cuerpo a todas las áreas posibles, desde el diseño a la difusión, pasando por la asistencia a invitados o en la operatividad en la toma de desiciones al corto plazo?

Es muy fácil caer en la sospecha de que Sosa realmente quería llevarse toda la chapa como el mega-prócer encargado de levantar la plaza Córdoba en lo que es el calendario de eventos historietísticos. Pero Sosa, tán ávido de que su nombre figure ahí afuera no como historietista sino como mero oportunista, cayó en el efecto colateral de la ingenuidad: el evento salió mal y fue uno de los peores a los que pude asistir. Y la responsabilidad es 100% suya. Y de hecho lamentablemente se merece que le digamos “Sosa, no podés ni dirigir el tránsito, retirate a la montaña y por favor no vuelvas” porque era el riesgo que el tipo corría si las cosas salían mal. Y así fue, así que por mera cuestión de honestidad hay que dejar de subir fotitos que denoten éxito y encarar la responsabilidad de hacerse cargo. Es un ejercicio de humildad que únicamente le corresponde a Sosa hacerlo, y ojalá que lo haga.

Pero imagínense que si el evento salía bien y resultaba que competía directamente con Crack Bang Boom (un evento que cuesta muchísimo hacerlo y que desde la misma organización son conscientes que sin gente es una utopía realizarlo), ¿hay alguien que piense que Sosa se iba a llevar el crédito? ¿Nadie sospecha acaso que el crédito se lo iba a llevar Marchiaro y su mega-fabulosa idea de incluir a la historieta como parte de la feria del libro?

Hay otro punto en cuestión que hace que el evento ya estaba patas para arriba de antemano. Y esto se puede dilucidar desde la misma comparación con la Crack Bang Boom. El evento rosarino está pensado desde la modernidad, desde el lógico devenir generacional. Sí, por supuesto, invitan a glorias pasadas como Meriggi para todo aquel que asocie a la historieta con su infancia plagada de publicaciones de Columba, pero también invitan a Yannick Paquette, un dibujante que por talento y por actualidad es totalmente relevante.

El Comicazo, en cambio, es un evento que atrasa y hiede a formol desde su propuesta. ¿Hasta cuándo la reivindicación ya obsoleta a los popes del humor gráfico? ¿Hasta cuándo el homenaje impertérrito a glorias de tiempos añejos y que hoy por hoy ya no representan nada? ¿Sosa acaso es tan estrecho mentalmente que no pudo advertir que las nuevas generaciones en Córdoba pasan por otros nombres, otras formas de publicar y otros modos de dibujar y producir? Hoy por hoy el humor hecho en Córdoba no pasa por aquel señor mayor que cuenta chistes palurdos. Hoy por hoy pasa por Culiau!… y estoy proponiendo solo un ejemplo. Sí, por supuesto, hubo tenues movimientos para tener en cuenta a la nueva generación (Juan Ferreyra, Darío Brizuela o el mismo Bruno representando a Términus, entre otros), pero esta tendencia se tambaleaba entre la falta de atención y el desborde, teniendo en cuenta que sin embargo los mismos homenajeados la pasaron mal. Los cambios en los horarios de las charlas, la falta de asistencia ante cualquier necesidad, la incomunicación y el desparpajo a la hora de abandonar a aquellos a los que se reverencian ya llega a niveles que serían absurdos si no fueran de temer. Por lo tanto las buenas pretensiones quedaron sepultadas bajo la omnipresencia de una persona a la que no se le caía una idea ni aunque lo pusieras de cabeza.

Esto me lleva a una conclusión tan simple que da asco: hay un recambio que es necesario tener en cuenta. Hay una mentalidad que necesita ser despojada de toda ínfula y toda pleitesía y apostar a lo nuevo. Y por sobre todas las cosas, mientras abunden los oportunistas que acaparen esta clase de propuestas, no esperen que Córdoba tenga un evento de historietas que realmente deslumbre.

Por lo pronto, el domingo a la noche volví a mi casa pensando que hay una parte de lo que cobró Sosa como organizador que me pertenece a mí, a Bruno y al Negro Viglietti. Sin querer queriendo nosotros le levantamos un evento que prácticamente estaba destinado al fracaso. Y con cuatro o cinco afiches pulgosos. Y lo hicimos porque estábamos aburridos, no porque queríamos chapa, pero siempre entendiendo que ese rol simplemente no nos correspondía.

Pero claro, esta supuesta deuda se cayó por la borda al advertir un aspecto esencial: el tipo cobró una guita que viene directamente de los ciudadanos. Esto es regla de tres simple, ni más ni menos: vos pagás el impuesto municipal para pagarle a Sosa y él con ese sueldo va y hace estos enchastres.

Yo no quiero que tu plata banque mi precariedad a la hora de buscar chapa. Yo no quiero pertenecer a ningún folclore local avalado por un estamento gubernamental que se maneja de la manera más obsenamente empresarial posible en vez de meterse o por lo menos averiguar cómo reforzar sus propias propuestas culturales. De hecho no sé si quiero que la historieta venga avalada por un merquero impresentable como Marchiaro. Por ende no quiero mi parte, que Sosa viva feliz con ese sueldo y que con él se compre todos los libros de Meriggi que tenga ganas.

Yo, por mi lado, me vuelvo a terminar la entrega, que bastante tiempo he perdido ya durante todo el fin de semana. Porque sí, porque soy un huevón que hace dibujitos.

—-

[EDIT 9 de septiembre]: más arriba mencioné el tema de la autocrítica y el ejemplo de humildad que Sosa debía ejercer ante el desastre del evento. Interpelando al sujeto en cuestión en el mismo evento de Facebook que había creado, no solo no admitió que el Comicazo tuvo fallas sino que su balance fue “positivo”. De hecho en su propio muro insistió con esto de que fue una fiesta y que fue, en sus palabras textuales, “un oasis en medio de tanta locura”. Mi interpelación prosiguió destacando algunos puntos por los cuales se demuestra su mirada obtusa, autista y decadente. Acto seguido borró cada uno de los comentarios.

—-

(1) Debería también contar a Argentina Comic-con o Animate o Con-Comics, por el lado de eventos pensados desde lo empresarial, así como el Festival Increíble, el Encuentro Dibujados y las muchas otras experiencias a nivel completamente autogestivo. Todos ellos forman parte de la cada vez más abultada agenda de eventos que una editorial tiene que tener en cuenta a la hora de difundir su material. Los casos que puse más arriba son como para empezar a pensar cómo va evolucionando la cosa a nivel nacional.

(2) Es algo destacable el caso de El Negro Viglietti. Él inauguró hace muy poco la distribuidora Rayos y me había preguntado, el día anterior al evento, si había posibilidad de tener un stand. Yo no sabía absolutamente nada de cómo iba a ser la operatividad ahi adentro, así que le sugerí que viniera el jueves al Comicazo así veíamos qué se podía hacer. De más está decir que ante la acefalía de la organización y ante el completo aburrimiento, El negro volvió el sábado, manoteó una mesa y una silla, puso su material y vendió un montón tanto ese día como el domingo. Es decir que si venía, pongamos por caso, un vendedor de medias, también podía manotear una silla y una mesa y ponerse a vender y nadie se iba a dar cuenta.

Anuncios