COMICÓPOLIS 2014: El gran tiburón blanco (parte 1)

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Y allá vamos, a una nueva experiencia psicopatológica total. Comicópolis, el segundo festival internacional de historietas, pinta como el único evento capaz de mirar a los ojos al Crack Bang Boom rosarino. Y lo hace con el ministerio de cultura detrás y con una amplia gama de cosas para ver, comprar, recorrer… realmente un signo de que las cosas desde los organismos gubernamentales están siendo revisadas. ¿Para bien, para mal? El tiempo decidirá eso.

Más allá del evento en sí, el cual voy anticipando que estuvo muy bien, mi intención es perderme por el laberinto que es ir a una convención ubicada en (el Gran) Buenos Aires, con todo lo que eso conlleva. Siempre digo lo mismo: Capital Federal y alrededores tiene el mismo efecto en mí que Homero Simpson cuando va a Nueva York. Pero claro, este efecto negativo siempre está contrarrestado por el hecho de encontrarme con mis amigos y pasar el tiempo encerrado con ellos (entre el maremoto de gente asistente) y vivir lo que realmente vale la pena: eso que ocurre entre que se cierran las puertas del espacio donde se hace la convención y el día siguiente.

Basta de preámbulos y vayamos ya al meollo de la cuestión.

1- Prólogo: no nos une el amor, sino el espanto…

Esto arranca con algo bueno: cuando me despierto estoy en Buenos Aires a las 7 de la mañana y no a las 9. No sé en qué clase de vortex multidimensional fui a parar, lo claro es que en el mundo paralelo en el que terminé arrastrando mi equipaje los colectivos llegan más temprano, lo cual está más que bien. Tres pasos después, el Obelisco me dice buen día. Efectivamente, estoy en la ciudad que más odio en el universo.

Un desayuno rápido para calmar la resaca, una compra apresurada de una Guía T y un mensaje a Bruno Chiroleu ya componen un mínimo plan de corto plazo. Para mí, a todo esto, es la primera vez que voy a Comicópolis y es también la primera vez que voy a Tecnópolis, así que no sé muy bien qué esperar. Lo único que sé es que de algún modo u otro tengo que estar ahí.

Me subo a un subte, le aplaudo a un mago y saco fotos mentales de esas caras vetustas que se mueven como flancitos adentro de una cubetera. El traca-trac me adormece pero tengo que estar atento. En Buenos Aires desconfío de todos, hasta de los payasos (¡especialmente de los payasos!), así que hasta que no salgo a la calle simplemente miro todo lo que me rodea. Es un poco desolador el panorama, a decir verdad. Se trata de una ciudad donde se pierde muchísimo tiempo entre viajes, trasbordos, traca-tracs y choferes maniáticos, así que esas caras denotan más resignación que otra cosa.

Finalmente llego al hostel, me encuentro con Bruno y luego de ponernos contentos por volver a encontrarnos para otra aventura hago el check-in. La vocecita de la anfitriona ¿cubana? ¿portorriqueña? ¿colombiana? nos lleva a conocer mi cuarto y por supuesto al muchacho room-mate al que será nombrado de ahora en más como Bonjour, un morocho ¿haitiano? ¿somalí? ¿francés? que lo único que hace es sonreír y limitarse a decir “bonjour” o “¡qué frío!” mientras arrastra unas chancletas bien ruidosas. Este émulo de Fonzy pero versión morena aparece y desaparece como cualquier personaje de Lynch entre los cuartos del hostel y sus comportamientos son raros pero simpáticos.

En fin, Bruno me pone al día de cómo viene la mano. Es viernes y Comicópolis había arrancado el día anterior. Así que de acuerdo a su opinión (y la de Damian Connelly, posteriormente) el comienzo fue un poco lento, pero casi siempre es así cuando se trata de un día de la semana. Quienes asistimos a esta clase de festivales ya sabemos que el ritmo de los días son como una tormenta: primero las nubes, luego los truenos, más tarde el desastre y por último la lluviecita de despedida. Así que en líneas generales todo comenzó bien.

Sigo resacoso y me bajo como 5 vasos de jugo Tang mientras Bruno, aplicado como es, desayuna profusamente sus cafés con leche con panes con manteca y mermelada. Me comenta que tiene que ir a buscar una encomienda con copias de la Términus y media hora más tarde nos despedimos. El tercer integrante de este mini-grupo se completa con Mariano Abrach, agente de prensa de Términus, columnista de Zona Negativa, hincha de Boca y rosarino bebedor. Le mando un mensaje para ver dónde está, me dice que entrando en Capital, así que lo espero haciendo tiempo en un bar donde como un segundo desayuno y ahí la resaca se me va del todo.

Cuando llega Mariano yo ya estaba un poco ansioso por llegar a Tecnópolis así que hablamos un par de huevadas acerca del partido Boca-Central, Mariano hace un rápido check-in y al toque nos zambullimos en el 161.

2- ¡Bienvenidos al centro total de recreación K!

Insisto, nunca había ido a Tecnópolis. Todas las fotos que ví de ese predio se reducían a un robot gigante hecho con una torre de alta tensión y un par de atracciones relativas a la ciencia. No esperaba gran cosa, realmente, excepto algo así como una Sociedad Rural 2.0.

Cuando llegamos con Mariano ahí descubro lo que es. Y mierda, que esto da para una nota aparte.

Comencemos por decir lo obvio: con este lugar, Umberto Eco tiene para hacer tres tomos nuevos de La estrategia de la ilusión. Esto es como una feria de ciencias permanente mezclada con atracciones a lo Disney mezclada con una idea propagandística acerca de los logros del kirchnerismo mezclada con un concepto de ostentación, opulencia y pomposidad que choca irremediablemente con la idea de qué es lo que haría un nuevo rico si tuviera plata para delirar en huevadas.

Lo estrambótico colisiona con lo pasatista, la información se mezcla con lo cultural, la política de lo posible se da la mano con la ciencia-ficción. Cuidado, este es un lugar que valdría muchísimo la pena si no te gritara todo el tiempo que aún estaríamos en taparrabos o saqueando latas de arvejas por las noches de no ser por La Gestión K, La Década Ganada o demás eslóganes que fueron surgiendo a lo largo de este tiempo.

Dentro de Tecnópolis la gente sonríe todo el tiempo, te tratan con amabilidad, te van guiando por los laberintos de atracciones y estatuas multiformes. Si me doy un chute de 3mm de mala leche, diría que la imagen por momentos me recuerda a la película The Stepford wives (o Las mujeres perfectas, como se la conoció acá): un predio donde todo supura futuro dentro de un contexto como Villa Martelli que alterna lo suburbano con lo directamente pobre. El predio en sí forma parte de la escalada gubernamental por acaparar viejos lugares pertenecientes al ejército (en este caso, el Batallón 601) y reconvertirlos en espacios progresistas e integradores. Recordar que ahí adentro fue el alzamiento carapintada del ’89 te da un sacudón importante cuando abstraés la mente por medio segundo. Y los vestigios quedan, como esa especie de estatua-monumento hecha en forma de tanque de guerra que en su interior alberga la figura de una virgen. El esto ha sido Barthesiano en todo su esplendor.

Adentro, muchachitos vestidos de azul proto-Cámpora te dan el diario de la jornada mientras contingentes de escolares parlanchines son guiados por una mamá pato azulada hablando por walkie-talkies. El pastito bien cortado, las señalizaciones simpáticas y la eficiencia tecno-ecológica circuncidan las mujeres embarazadas gigantes, la historia de los videojuegos y los modelos a escala de las usinas nucleares. Los rugidos pregrabados de los dinosaurios mecánicos son tapados por la radio del predio que informa, conduce y musicaliza, como no podía ser de otro modo, con canciones de producción nacional. Está todo superpuesto, engominado, mecanizado y aceitado para que te deslumbres y salgas convencido de que después de todo los K están haciendo las cosas bien. No importa que una pobre hamburguesa con queso parecida a un alfajorcito de carne cueste 35 pesos. No importa que cafés de máquina cuesten de 20 a 40 pesos o una latita de Coca-cola valga 15. Estás en Tecnópolis, bitch. Esta es la burbuja que inventamos para vos.

3- Misión uno: el gancho de Ott.

Finalmente encontramos el predio adentro del predio donde se hace Comicópolis e instantáneamente me reencuentro con mis amigos. Ahí están Loris Z, Javier Gómez, Martín Muntaner, Matías San Juan, Pedro Mancini, Tatiana y Roberto Fontana, Valentín Lerena y Bruno, quien repentinamente se había teletransportado y ya había comenzado a vender a destajo. Conozco a Agustín y Pablo (aunque a Pablo ya me lo había cruzado en el Festival Azabache meses atrás) y el stand compuesto por Términus, Dead Pop, La Pinta y Salamanca brilla como nunca.

La gente se va trasladando en oleadas, parecido a esas viejas misiones del Starcraft en donde tenías que cuidar un fuerte por 15 minutos. Grandes contingentes compran, preguntan y desaparecen, pasan 10 o 15 minutos y vuelta a empezar. En seguida noto que la masa de público está entremezclada entre aquel que no sabía nada, los colegios y el fandom historietístico puro y duro. Estos últimos en este día son los menos, de todos modos eso no quita que hagan acto de presencia y se lleven alguna que otra firma nuestra.

Hablando de firmas, dejo el stand por un rato y empiezo a preguntar cuándo y dónde Thomas Ott estará firmando. En el medio de mi búsqueda aprovecho a pasear un rato y recorro los stands y me encuentro con un dato bastante desolador: los precios de los comics, a nivel general, son carísimos. Precios cuidados my ass. Por supuesto, hay alguna que otra batea con carteles de ofertas y descuentos de entre el 10 y el 30%, sin embargo los comics que me interesan conseguir son inalcanzables para mi bolsillo de dibujante. Una verdadera pena. Alcanzo a ver la edición definitiva de Tekkonkinkreet en el espacio de Musaraña Libros y comienzo a babear. Pregunto el precio y me cachetean con un $390. El libro lo vale, claro está, se trata de una edición mega-gorda con toda la obra de Taiyo Matsumoto, pero yo estoy con lo justo y debo durar dos días más. Me prometo a mí mismo que si el domingo sigue estando (y si no deliré mi presupuesto) lo voy a comprar, así tenga que volver a dedo. Sigo circulando y me zambullo de lleno en la muestra de Ott. Ver los originales de sus páginas es algo estremecedor, especialmente por el tamaño de dichos originales y porque ves la realidad física de su técnica. Hablando del suizo, es hora de continuar preguntando.

A mí el tema de los invitados a festivales casi siempre es algo que me tiene sin cuidado, de todos modos esta vez estoy un poco entusiasmado para que Ott firmara un regalo que le hice a Mariela. Me entero tarde que el muchacho estaba a pleno firmando para una amplia cola de lectores y me apuro a ver si puedo meterme. Al llegar, el cupo ya estaba cubierto. Dammit. Medio decepcionado comienzo la retirada hasta que alguien me saluda: es Hernan González, responsable del fanzine cordobés Humor Vítreo, quien me hace señas con la manito y yo pienso en hacer la clásica del colado en la fila del boliche. Me pongo a hablar, le cuento que estaba medio amargado porque me había enterado tarde de la sesión de firmas y que Mariela se iba a quedar sin esa guinda de la torta en su regalo. Hernán con toda amabilidad toma el libro y lo suma al suyo para que Ott le estampe algo. Y así lo hace, con una sonrisa entre sus patillas rockabillys y su predisposición a escribir correctamente el nombre que me hace concluir que detrás de toda la sordidez y la oscuridad de sus historias se esconde un muchacho al que le invitaría a tomar unas cervezas.

Le doy un gran abrazo de agradecimiento a Hernán y vuelvo ancho al stand a seguir vendiendo. Javier se tiene que ir y yo quedo como el único Dead Pop sosteniendo el espacio designado a mi editorial. Todo transcurre normal hasta las 7 y cuarto, donde La Voz de Tecnópolis va avisando con la amabilidad de un encuestador automático que el lugar va a cerrar pronto. Y lo hace justo a tiempo ya que las ganas de una cerveza helada y algo de cena ya están apretujando las células cual pan leudándose.

Nos vamos Loris, Martín, Bruno, Mariano y yo a uno de los Kentuckys y decidimos guardar energías e intenciones de destrucción para el día siguiente. Eso no detiene los planes que tenemos con Mariano y Bruno de beber como si fuera el último día, especialmente cuando nos enteramos que el hostel vende Stellas a un excelente precio. Aparte claro, yo tengo muchas ganas de instalarme a beber en paz y conocer un poco más a fondo a Mariano. Y para eso no hay nada mejor que una buena borrachera, cosa que Mariano concuerda al 100% como buen rosarino casi recibido de Comunicación Social que es. Nos despedimos de Loris y Martín y apenas los tres restantes llegamos al hostel subimos a su hermosa terraza a comenzar un desfile de Stellas en el medio del fresquete. Bruno, quien cada vez que se junta conmigo termina en pedo, esta vez le da al vasito a conciencia, sabiendo que su destino hacia Mareolandia es inevitable. Mariano, por su parte, no parece tener fondo y se alegra de que yo sea difícil de tumbar. El resultado es tremendo: tarde o temprano somos tres comegatos pipones de birra cagándonos de la risa en tierras macristas, lo cual es como una especie de cuasi burbuja que me pone especialmente cómodo. Si hubiera sido por mí aún estaría en esa terraza.

De todos modos queda guardar energías y nos vamos a dormir sin molestar a Bonjour, quien está hecho un bollito de frazadas en su cama y ronca con la misma simpatía con la que repite su palabra preferida.

Lo más infernal y lo mejor, por supuesto, ni siquiera había comenzado.

(continuará…)

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