COMICÓPOLIS 2014: El gran tiburón blanco (parte 2)

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Segunda y última parte de mi travesía por los rincones de Comicópolis y por las calles porteñas. Por supuesto, pueden leer la primera parte acá.

En esta ocasión, esta gonzo-crónica prosigue los días del evento, pero además socava los intersticios de una noche inolvidable. ¡A leer, pues!

4- El infierno en la tierra.

Bonjour arrastra sus chancletas y se va con su notebook al living del hostel mientras el trío ataca su resaca con litros de café y pancitos con manteca. Algunas duchas más tarde, nos subimos al 161 y media hora después estamos dispuestos a tomar Comicópolis por asalto.

Es sabido que en cualquier convención de cuatro días los sábados es el punto más fuerte, la punta del pico estadístico en cuanto público asistente, ventas y actividades. Así que la cosa ameritaba estar focalizado y dispuesto. Yo tenía un taller de comic mudo hecho por Thomas Ott a las 4 y otro de guión dictado por Peter Milligan, así que la idea era trabajar desde la apertura del evento hasta la hora indicada y así cumplir mi parte. Piece of cake.

El grupo del stand se recompone: Javier se ausenta por cuestiones de trabajo y es el primer soldado caído. Martín Muntaner y Matías San Juan ya habían dicho que no podían ir pero en cambio se hace presente el fantástico caballero Pablo Vigo y por supuesto hacen su aparición Damián Connelly, Paula Pittau, Lucas Alarcón y su novia Cintia.

El infierno comienza y lo hace sin perdón: mareas humanas paseando, adquiriendo ejemplares, entusiasmándose con nuestras ofertas. El libro de Pedro, Disparo rayos por los ojos, se convierte en el hit de Dead Pop, aunque en realidad las ventas son tantas que todo el catálogo es consumido. Lo mismo para el resto del colectivo: Doppelganger #2 (de La Pinta) se vende como helado en el desierto, las producciones nuevas de Salamanca están a pleno y Bruno reparte Términus como shurikens. Todos les estamos vendiendo cosas a todo el mundo, al ghetto comiquero, al ciudadano de a pie, al que sabe, al que no sabe, al que espera por una firma y al que huye raudo con su botín y se pierde en esa sopa de cabecitas. Desde que ponemos el culo en el predio no podemos parar un minuto ni para salir a fumar. De todos modos a eso de las 3 y media me excuso y partimos raudamente con Bruno al taller de Ott.

Y bueno, el taller no es la gran cosa, aunque de todas maneras está bueno. Bah, digo que no es la gran cosa por lo siguiente: en el taller también se encuentra Pablo Guaymasi, mi compañero de trabajo en el taller que dictamos. Y claro, la consigna desplegada por Ott es más o menos la misma que la que nosotros damos en el día uno del curso. Es decir que no hay nada nuevo por nuestra parte, aunque Ott está muy dispuesto a contar parte de su proceso creativo y sus yeites a la hora de enfrentar una historia nueva. Una cosa sí es cierta: había dormido tan poco que a veces la pachorra me hace voltear los párpados más de una vez. Eso se corta de raíz cuando una banda en el auditorio contiguo comienza a ensayar, lo cual no solo me hace dar un respingo sino que no puedo escuchar bien lo que dicen las traductoras. En resumen, hay un mínimo desliz en el hecho de que se rompe algo así como una regla tácita de cualquier festival: la de no poner los espacios de taller cerca de los espacios donde se hacen manifestaciones auditivas de importancia. De todos modos la organización supo responder al toque este problema, trasladando el siguiente taller a una sala de conferencias bien apartada.

Decido no ir al taller de Milligan ya que la muchedumbre desborda e intuyo que soy necesario en el stand, así que vuelvo a la trinchera. Y a partir de ahí no hay descanso: la gente se agolpa y se mueven como gotas de un gigantesco río humano. Firmas, ventas, respuestas a preguntas y más ventas se suceden sin parar. No importa la resaca, no importa el cansancio, no importa la agorafobia: el día estalla.

Para las siete y cuarto, una vez más, La Voz anuncia el cierre y los azulados empiezan a arriar lentamente a los miles de seres humanos. Es momento de ponerse serios y planificar lo mejor que ocurre en todos los festivales: el asedio insensato a nuestra salud hepática.

5- Misión dos: ¡Ramones, comics y destrucción!

A la horda de público en general que se retira del predio le sigue la horda secreta de pusilánimes que dibujan, editan, escriben o informan historietas, los cuales se arrastran con diversos grados de agotamiento pero con sed extrema. El día nos ha pateado las gónadas una y otra vez, pero cuando se trata de cerveza las energías parecen no agotarse. Salimos de Villa Martelli y una hora casi y media y dos colectivos después estamos en San Telmo, en un bar que si existiera en Córdoba sería clausurado automáticamente. Tiene todo lo que tiene que tener un lugar: música que me encanta (la temática de esta noche en particular está dedicada a los Ramones y a Pearl Jam), luces tenues, colecciones suprahumanas de bebidas, alimento barato y happy hour hasta las 24 hs. My kind of place.

Así que cuando llegamos las pintas gigantes empiezan a desfilar en nuestros buches y somos tantos los que venimos de Comicópolis que los pedidos se entremezclan, confunden y disocian. En mi caso hay ensañamiento y alevosía: yo pido dos pintas que no llegan o llegan pero no son mías, pido otra y cuando llega le zampo un trago cuando en realidad la pinta le pertenece a otro y así. Esta ciudad definitivamente no me quiere. Yo tampoco la quiero a ella, así que al cabo que ni quería. La relación pedido-disfrute se ordena pasada la primer hora y ahí si comienza el juego para mí. Estoy dispuesto a beberme el universo.

(foto de Juan Angel Szama)

(foto de Juan Angel Szama)

Me siento al lado de Damian Connelly e iniciamos una pequeña guerra de servilletas que son diseminadas entre el resto. Se nos acaban las servilletas y le damos con toda a los sobrecitos de sal. Se nos acaban los sobrecitos de sal y continuamos con los de aderezos. En una mesa de más o menos 35 personas se arman bandos de borrachos: en un extremo brindan por muertes simbólicas de dibujantes o historietistas y por el otro se elucubran siniestros planes de dominación a base de papel y tinta. No faltan los picaflores, los cebados que miran absortos las proyecciones de las bandas y los que cantan a grito pelado las canciones y golpetean las mesas a lo vikingo.

Hay que entender una cosa: en este grupo en particular hay dos generaciones distintas de historietistas, hay teóricos de la historieta, hay editores, hay periodistas, hay gestores de eventos y proyectos y hay 45 formas de entender lo que más nos gusta, todos nucleados y hermanados bajo The Ramones y la cerveza. En ese lugar hay 35 personas felices de encontrarse a beber y a mandarse cagadas, aún a sabiendas de su propia condición de creadores, muchos de ellos serios o introvertidos. Fanzineros y profesionales por igual clamando al viento lo bien que dibuja Fulano o lo pelotudo que es Mengano, gente que recién arranca y admiradores riéndose de chistes pavos, encuentros imposibles con gente que hasta entonces solo se la conocía por mails o por Facebook, crossovers editoriales y mezcolanzas extrañas, el agotamiento en nuestros huesos mezclado con la euforia y la pasada de rosca por haber dormido tres o cuatro horas y haber estado yendo y viniendo entre tanta gente durante el resto del día. Ver tan contento a Martín Muntaner es algo que automáticamente te pone feliz. Echar un vistazo general y que Juan Angel Szama esté gritando las canciones de The Ramones de un lado y a Pablo Turnes haciendo headbanging del otro es una postal de hermosura. Saber que a tu derecha tenés a Pedro Mancini hablando con Pablo Vigo como si fueran amigos de toda la vida te pone la piel de gallina, así como beber nuevamente con Mariano hasta el balbuceo es algo digno de recordar.

Los fumadores, desde que no se nos permite fumar en lugares cerrados, nos comportamos como cuando un grupo determinado de mujeres convive durante cierto tiempo y enlazan sus ciclos menstruales. Así que cuando salimos con mi compañero tabaqueril, Loris, por enésima vez a chupar frío y cigarrillos, nos damos cuenta de repente de dónde estamos. Miramos hacia el interior del bar, vemos esa fila de mesas compuesta por gente borracha, eufórica y feliz y nos quedamos un rato en silencio. Yo me animo a decirle, casi con timidez, que somos como la generación del 80, como el grupo de Boedo, como los dadaístas. Que se trata de un momento histórico. Ahí hay algo que es definitivo y que no se va a volver a repetir. Faltan muchos, claro, pero básicamente estamos todos. Todos los necesarios para partir el planeta en dos.

Loris, con la voz pausada que lo caracteriza, solo me responde “totalmente”.

6- Ultimo día y misión tres: regreso a casa.

Me voy a desayunar mientras Bruno se pega una ducha, Mariano hace fiaca y Bonjour duerme como un angelito. Mientras mi cuerpo no da más voy pensando “ufff, qué bueno… al menos cinco minutos sin hablar de historietas” y cuando llego a la cocina escucho que dos nuevos hospedados están hablando de Fierro, la Humor y la mar en coche.

Aparezco, saludo y me siento en silencio a tomar mi cafecito con leche en un rincón, mientras los recién llegados, eufóricos, siguen hablando de tal o cual cosa relacionada con la historieta. Uno de ellos tira un dato erróneo referido a no sé qué revista y yo balbuceo una corrección, dormido y malhumorado. Hay uno de ellos que tiene una cara que me es familiar y les pregunto de dónde son. Son de Rosario. Les pregunto sus nombres y cuando me los dicen caigo en la cuenta que los tengo entre mis contactos de Facebook. Como no tengo otro remedio que integrarme en la conversación, pronto me entero que son amigos de Pablo Colaso, Diego Fiorucci y demás amigos míos, aunque ellos todavía no caen mucho en la cuenta de que tenemos amigos en común. Eso se soluciona cuando entra en escena el viejo amigo Germán Rolón, quien no podía creer la casualidad de estar hospedándose en el mismo lugar que nosotros. Abrazos que van, recuerdos que vienen, pronto se suman Bruno, Mariano y Bonjour, quien se sirve un café con leche en un vaso común y corriente (?) y mira todo el surrealismo de la escena con una sonrisa.

El check-out y el horario de llegada a Tecnópolis apremian, por lo que prometemos seguirla en el evento. Juntamos nuestros bártulos, nos despedimos para siempre de Bonjour y partimos a la última batalla.

El día es más o menos similar al anterior, con la diferencia de que nuestros pobres cuerpecitos ya necesitan una transfusión de sangre o 57 speeds con urgencia. Lo destacable de esta jornada es la desaparición sistemática de todo el stock del stand. Las cuatro editorias no paran de vender. La mesa del stand promedia el vacío hacia las cinco de la tarde, lo cual es completamente inusual. Pedro Mancini dibuja para el público y su libro es cada vez más visto entre las manos de los concurrentes, así como muchas de las publicaciones que ofrecemos las cuatro editoriales.

Tarde o temprano decido atacar en el centro de la mollerita al libro de Tekkonkinkreet que había prometido comprarme. Tarde. El libro había sido reemplazado por una pila de comics viejos. Por un lado puteé a los dioses del Olimpo, pero por el otro estaba bien el hecho de que me iba a volver a casa con un resto monetario. Avanzo un poco por los stands de comiquerías bonaerenses para ver si puedo comprar algo, pero entre los precios exhorbitantes y mi quemadez mental, ningún comic alcanza a impresionarme lo suficiente.

Es que por mi parte estoy sencillamente agotado. Quiero salir de ahí e irme a tomar una cerveza a un bar, defragmentar un poco el cerebro y prepararme para dormir en el colectivo. Así que una vez que me despido de Damián y le delegamos la responsabilidad de nuestro espacio a Lucas, termino de ordenar el cargamento que debo llevar a Córdoba, pregunto la mejor forma de llegar a Plaza Miserere y pego una última recorrida por el evento, despidiéndome de amigos, conocidos y colegas.

Tiempo después camino hacia la salida de Tecnópolis con una especie de depresión post-parto. En realidad ese lugar (en términos generales, nada que ver con Comicópolis en sí) me pone un poco triste. La sensación de ilusión y simulacro es tan patente, tan a la vista de todos, que me entristece que nadie advirtiera que en realidad hay que dinamitarlo. Es la demostración efectiva de la opulencia de un mensaje, de un discurso, sin importar si ese discurso es real o no.

Me subo al 21, más tarde a la línea D del subte y como estoy demasiado cansado me tomo un taxi para tener todo el tiempo posible para comerme algunas porciones de pizza en el bar Podestá (inserte aquí su ironía o diagnóstico psicológico correspondiente). El partido River-Independiente apenas empieza y a los cinco minutos River clava un gol. Una pareja de ancianos le discute la cuenta al mozo, un vendedor de dvds se queja en un rincón y el desquicio propio de una ciudad autómata resopla desde la ventana.

Pago la cuenta, camino hasta el colectivo y en menos de dos minutos aparecen Pablo y Ariel. Hacemos apuestas sobre qué clase de película van a dar. Yo apuesto 100 pesos (exactamente la misma suma que el suertudo de Ariel pagó por una edición de lujo de Lupus) a que van a pasar un dramón. En verdad estamos todos de acuerdo en eso y la apuesta se suspende. Apenas empieza la película nos damos cuenta que es una comedia con Cameron Diaz. Cierro los ojos, se produce un pequeño blackout mental y al instante siguiente estoy en Córdoba.

7- Algunas conclusiones.

Comicópolis cuenta con el aval y el presupuesto suficiente como para garantizar que el evento cumpla con lo que promete. Y esto es, la diversidad y un espacio bien grande para que todos, absolutamente todos entren. Es un evento que combina la producción con la exposición de la manera más orgánica posible. Si bien sí existen errores, como lo anteriormente mencionado acerca del espacio designado a los talleres o el hecho de que los puestos de fanzines estaban un tanto desperdigados por el predio. Supongo que era así por buena fe, para integrar lo comercial con lo estrictamente independiente, pero de todos modos la cosa resultó un tanto caótica. Resulta irónico que un festival con claras intenciones integradoras sea precisamente el sector más necesitado de esa integración el que menos se tiene en cuenta. En este sentido Crack Bang Boom ha lidiado con este problema anteriormente y lo han sabido resolver, en cambio aquí las buenas intenciones tropiezan con lo logístico.

Sin embargo los organizadores son atentos y son proactivos. Lo que resuena en conjunto es que esos aspectos son 100% ajustables y no son criticables per se, en contraposición con otros eventos que contaron con el aval de alguna forma de gobierno, como hemos podido ver acá. Es decir, Comicópolis es la otra cara de la moneda de lo que ocurre cuando se aprovecha la predisposición de un gobierno a esta clase de manifestaciones culturales. Acá podemos ver que todo va de la mano y en consonancia con un criterio que pueda poner a la historieta en un lugar bien visible. Por consiguiente, el esfuerzo que imagino debe existir para llevar a cabo festivales de gran envergadura como éste vuelve con creces y casi de manera matemática. Si se hacen las cosas con buen criterio entonces no tienen por qué existir resquemores de ningún tipo, además de que es 90% probable de que los organizadores escuchan atentamente las sugerencias y no se encierran en burbujas de autocondescendencia o paranoia. Y a las pruebas me remito: el domingo mismo circuló una encuesta directamente hecha para los stands que dan cuenta de que los responsables del festival quieren superarse y pulir cualquier tipo de asperezas. Es decir, el diablo está en los detalles y no hay mejor alivio que pensar en que desde los gestores de este festival hay plena conciencia de esto.

En mi caso particular de editor y creador de historietas, me fui conforme más allá de la otredad simbólica de Tecnópolis. Hablando estrictamente de cómo nos fue tanto a mi editorial como a las editoriales amigas, el trámite es simple: si agotamos lo que llevamos, el resultado es necesariamente positivo.

Por lo demás, recalco lo que dije en otro lado: estos eventos definen para siempre una época y delimitan el marco de lo que supone una nueva generación historietística. El tiempo será el que se transforme en la llave de acceso para un futuro en el que editores, creadores, gestores, organizadores, promotores y lectores sean protagonistas reales de esta historia.

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