LOST: Diez años después

Lost_main_title.svg

Esto de ser adicto es una cosa seria. Una vez que consumiste tu dosis de lo que sea, el tiempo es eso que pasa entre que el efecto se desvanece y comienza la abstinencia que solo puede ser calmada con una nueva dosis. Y así hasta que el cuerpo se marchita, se enferma y se degenera… o hasta que la droga deja de tener efecto. Y entonces buscamos algo más fuerte o directamente nos desintoxicamos.

Es sabido por muchas fuentes que, por más que pasen los años, muchos adictos pueden recordar el primer chute de todos con total claridad. Es como el primer beso o es como desvirgarse: hay un umbral que debe pasarse, hay algo que debe romperse para que entre una nueva sensación, es la incomodidad de lo nuevo y el paso a un nuevo escalafón cognitivo. Irreconocible por el momento, pero completamente placentero y estimulante.

Los adictos a las series sabemos muy bien de esto. Y por más que la tan famosa Era dorada de las series pueda haber comenzado su línea histórica con la transmisión de The Sopranos, no fue hasta el comienzo de Lost en que muchos comprendimos que la edad dorada no inició una revolución audiovisual propiamente dicha sino una revisión del concepto de adicción.

Por eso mismo muchos recuerdan a Lost como el comienzo de una vida de consumo desmedido. En parte porque aún queremos respuestas, pero también en parte para revisitar todas las veces que podamos ese rush de adrenalina que la serie, de manera justificada o arbitraria, sabía proporcionarnos con dosis exactas, como todo buen dealer.

De pronto una hora a la semana bastaban para sentirnos saciados, pero en cuanto se venían los minutos finales, sabíamos que el cliffhanger estaba a la vuelta de la esquina y nos iba a dejar tirados en un rincón hasta la semana siguiente. Formaba parte del plan.

Eso pasaba, por supuesto, si no consumías la serie de un tirón. Porque de la mano de la adicción, la serie despertó en muchos de nosotros el hecho de rastrear la serie, descargarla por todos los medios posibles y disfrutarla en sesiones que incluían, si no todos los capítulos posibles, al menos los suficientes como para meternos de lleno en el universo de la ficción y abandonar el nuestro. Sí, muchas personas preferían esperar a comprarse los DVDs pero otros aprendimos a revolver entre los tachos de la basura de Internet para verlo lo más rápido que podíamos. Esta semi-revolución invisible no pudo advertirse en serio hasta la llegada de nuestro cocinero de meta-anfetaminas preferido, pero indudablemente la punta de lanza que llevó a la piratería como algo popular la tuvo Lost. Y eso lo dicen hasta los que la odiaron irremediablemente.

Por que esto es claro, pocas series dividieron tanto a los televidentes. Los más acérrimos no podían dejar de decir que Lost era una pelotudez total, una acumulación de conceptos, teorías, símbolos y referencias que no llevaban a ningún lado excepto a la eterna cadencia de la emoción por la emoción en sí misma. Se trataba, ni más ni menos, de la habladuría de los escépticos que no podían lidiar con la suspensión de credibilidad y atentaban contra el verosímil bizarro de la serie como si estuvieran discutiendo la ley de la gravedad.

La fidelidad, entonces, pasaba por discutir y entablar debates eternos con estas personas, no tanto para convencerlos sino para autoconvencernos. De repente a la serie le teníamos fe. Las respuestas iban a llegar, la arbitrariedad estaba pensada de antemano y todo era un gigantesco embrollo con una solución que, por más que la buscáramos, no iba a ser la que habíamos pensado. Con Lost comienza el largo peregrinaje de la confianza hacia los guionistas, lo cual en esta época de showrunners y datos escrachados en IMDB puede parecer hasta zonzo, lo cierto es que a partir de 2004 importaba (y mucho) con qué nos iban a sorprender los guionistas, quienes hasta entonces jamás buscábamos en los créditos. Es más, ¿alguien leía los créditos antes de Lost?

Por eso los adictos nos aliviamos cuando, en plena huelga de guionistas del 2008, mientras series como Heroes o Prison Break caían en picada, JJ Abrams daba un manto de tranquilidad diciendo que los guiones de la cuarta temporada ya estaban escritos y que la huelga no iba a afectar a la serie. Y justamente esa temporada es donde la confianza y la fe más se pusieron a prueba, ya que es el inicio de los famosos flashforwards y la idea de que los viajes en el tiempo iban a ser la moneda corriente de la serie. Ya no se trataba de una serie de supervivientes, tampoco se trataba de una serie acerca de civilizaciones perdidas o de islas usadas para siniestras conspiranoias generadas por megacorporaciones, e inclusolos temas de la identidad, la religión versus la ciencia o los datos simbólicos no tenían mucha cabida ya. O mejor dicho, se habían vuelto tan inherentes a la serie que ya nos resultaban familiares. Por eso la serie comienza a comerse la cola y a volverse autorreferencial, especialmente luego del final de la tercera temporada, ése que contiene uno de los mayores cliffhangers que pueden recordarse: el de Jack Shepard gritándole a Kate que deben regresar a la isla.

Esos escasos e históricos minutos los aceptamos como un volantazo maestro a una serie que comenzaba progresivamente a decaer, cuando en realidad (y esto lo supimos tiempo después) eran manotazos de ahogado de unos escritores que habían expandido tanto, pero tanto el juego que se habían perdido en el mismo laberinto que ellos crearon. ¿Y como lidiaron con ese problema? Simplemente creando un nuevo laberinto, aún más enrollado y supuestamente más complejo que el anterior.

Ahí la serie comienza una larga procesión hacia una supuesta resolución, hacia un cierre de algo que ya comenzaba a cansar. Sin embargo Lost ya había comenzado una costumbre que solamente estaba permitida para los adictos hardocre de la ciencia-ficción y de series como Star Trek o The X-files. Esta costumbre, ahora pública, al alcance de todos y en plena época del blogging era mirar, leer, redactar y debatir cualquier noticia referida no solo al universo de la serie sino también a los secretos de su producción. Que tal actor va a volver a estar, que fulano de tal firmó contrato hasta X episodio (por ende ya intuíamos su muerte), que un muchacho por allá se puso a ver un capítulo en cámara lenta y que encontró muchos más easter-eggs de los que se podían ver en su transmisión normal, que otro muchacho por acá hizo poemas referidos a los personajes… la adicción creó de la nada a esta suerte de submundo de personas comunes y corrientes que de repente se revelaban como discutidores o teóricos improvisados en la pre-historia de las plataformas sociales.

Hasta que llegamos al verdadero final de la serie, con ese capítulo en el que todos se despiden en una iglesia llena de vitreaux compuestos con múltiples referencias religiosas, cosa de no dejar a nadie afuera. Los creadores de la serie no solo nos guiñaban un ojo en esto del simbolismo de la fe hacia la serie, sino que habían tomado partido en el debate religión vs ciencia de una manera contundente. De hecho, se habían servido de la ciencia (principalmente de la física) para un tour de force que concluye con un mensaje new age acerca de la transmigración de las almas. Y así era, tal cual sospechábamos desde un principio: estaban todos muertos, en un limbo de pelotudez tan grande que era imposible de justificar, cerrar y rematar.

La season finale de la serie nos daba un cachetazo en plena jeta, como si el mismo JJ Abrams nos estuviera diciendo “listo, muchachos, despierten ya”. El dealer nos quitaba las pastillas semanales y debíamos comenzar la desintoxicación de manera inevitable. Y como todos buenos ex-adictos, la propensión al odio y al desprecio se hizo patente en casi todos nosotros. La serie era ni más ni menos que una estafa. Los detractores habían tenido razón desde siempre. Lindelof era el peor guionista de la tierra y el hecho de que diseminara cliffhangers por todos lados no lo convertía en un excelente escritor, sino en un vendehumo. La carita de borrego de Jack se nos había vuelto insoportable, esa tortillera buscona de Kate bien podría irse a la mierda que no importaba y Locke era definitivamente un viejo tarado.

Nunca una serie se la quiso y se la odió tanto al mismo tiempo. Tal como dice una crónica de la revista JotDown (referida a la película Prometheus, ese desastre total escrito por Lindelof):

“Perdidos, en definitiva, basa todo su prestigio en lo que se supone que es y no en lo que es en realidad: un desordenado y muy rococó ejercicio de name-dropping alargado hasta la extenuación. Perdidos triunfó porque entendió a la perfección a su público, una generación de telespectadores educados a partir de referentes literarios y culturales de primer nivel pero sin la capacidad necesaria para entenderlos y analizarlos de forma crítica. Una generación a la que le basta la simple apariencia de profundidad, el primer párrafo de la entrada de la Wikipedia, para darse por saciada. Una generación, en definitiva, a la que resulta fácil, muy fácil, estafar intelectualmente.”

Sea como sea, el 22 de septiembre se cumplieron 10 años desde que un canal público transmitió por primera vez un accidente aéreo que desemboca, en primera medida, en seguirle los pasos a un lisiado que de repente podía caminar, a un médico en pleno duelo, a una ladronzuela, a un millonario, a un estafador y a unos sonidos extrañísimos provenientes de la profundidad de la jungla o a un oso polar que podía vivir lo más pancho en un clima tropical. Comenzaba la idea de un rito, el de seguir a una serie como si se fuera a la cancha, el de aprender el concepto de “descarga directa” o bajarse los capítulos partidos y rearmarlos por obra y gracia del WinRar. Aprendíamos el nombre de Lindelof, el de Cuse, el de Vaughn y de pronto éramos conscientes de que atrás de una serie había gente. Nos dejábamos llevar por el juego de apellidos que homenajeaban filósofos, por las constantes referencias a El corazón de las tinieblas, a Alicia en el país de las maravillas, de El Señor de las moscas o de VALIS. De pronto la física cuántica, los viajes en el tiempo, los agujeros de gusano y las regresiones eran aprendidas por el ciudadano de a pie de una manera pedagógica y hasta amable, asi como los conceptos de flashback, flashforward, easter-eeg o cliffhanger eran apropiados para siempre. Y claro, la gran guinda de la torta: el enigma permanente. Los números, las estatuas, las escotillas, las parejitas de cadáveres, los humos negros, las fórmulas matemáticas y constantes físicas, las transmisiones francesas, los barcos piratas y un largo, larguísimo etcétera que forman parte de la lista de ítems especialmente creados para entretenernos una y otra, otra, otra vez.

Quizá la serie haya sido una gran estafa, y hasta puedo estar de acuerdo. Pero inició, a los ponchazos, una nueva era de espectadores que se acercaron tanto a la tecnología como a un nuevo hábito, al del consumo de series. Y este hábito es imposible no tenerlo en cuenta, hoy por hoy, en nuestras actividades cotidianas de recreación.

Anuncios